Guía de Niza (y alrededores)

La Place Massena, donde todo converge

Hemos pasado un fin de semana largo en Niza. Y estos tres días nos han cundido para conocer esta interesante ciudad de la Côte d’Azur y para visitar algunos de sus alrededores. Aún así nos vamos con la sensación de que nos hemos dejado bastantes cosas por conocer, así que seguro que volveremos otro fin de semana (largo) para rematar la faena.

DÍA 1: NIZA

El primer café niçois

Empezamos nuestro recorrido por Niza tomándonos un café en la Place Massena y entrando en contacto con la vida callejera de la ciudad, que es constante como en cualquier urbe mediterranea que se precie. Esta plaza es el centro de la ciudad donde todo converge: Al norte la ciudad vieja, La Vieille Nice, que nos esperaba. Al oeste, los caserones y los palacios de los antiguos hivernants en un barrio que se extiende hasta la estación de tren. Al sur, las calles de bares y restaurants que llevan a la ciudad nueva.Y al este, la extensa playa de guijarros a la que bordea el celebérrimo Promenade des Anglaises.

VIEILLE NICE

Los colores de la Vieille Nice

Empezamos el recorrido por la ciudad vieja. Se trata de un triángulo de callejulas reviradas y empedradas, de casas bajas pintadas de rojo o amarillo y que transmiten todo el ambiente de hace dos siglos, cuando la ciudad era parte del Ducado de Saboya o del estado de Génova. Dato curioso: Niza pertenece a Francia desde hace únicamente un siglo y medio y la herencia italiana se respira aún en este pequeño barrio. Un barrio revitalizado y bullicioso hoy en día pero que a principios del S XX era un lugar degradado que las clases altas y los visitantes evitaban. Tanto es así que los turistas ingleses llegaron a financiar un paso elevado para llegar a la Ópera y evitar pisar las calles. Hoy en día ese paso alberga terrazas de restaurantes chic. Cómo cambia la historia.

La mole barroca de la Catedral

Paseamos por las placitas que se abren a grandes edificios como el de los juzgados, la Catedral de Santa Reparata o la imponente mole de la Ópera, peculiar entre calles tan estrechas. Visitamos el colorido mercado de Course Saleya, de flores y productos artesanales y nos fijamos en la gran cantidad de persianas de color verde que protegen las ventanas de las casas. Parece que todos se hayan puesto de acuerdo en pintarlas del mismo color para crear una armonía cromática, aunque la verdadera explicación es más prosáica: al parecer es el color que más resiste el sol y el salitre marino.

COLINA DEL CASTILLO

Atardecer desde la Ciudadela con imponentes vistas

Al atardecer hicimos un poco de ejercicio: subimos las escaleras y los corredores de fuerte pendiente que llevan hasta la colina del Castillo. Es un interesante recorrido que te lleva por el Cementerio del Castillo, que bordea la señorial cascada que se ve desde toda la ciudad, donde se pueden ver restos arqueológicos de las diferentes fortalezas que se han establecido en esta estratégica montaña desde los romanos y que te recompensa en la cima con unas espectaculares vistas de los tejados rojos de la ciudad vieja, de los trazados de los diferentes barrios de Niza y de la Costa Azul. Valió mucho la pena el esfuerzo.

Recogemos los puestecillos y sacamos las terrazas

Ya anochecía cuando bajamos de la colina y presenciamos el cambio que experimenta la Vieille Nice de noche: las calles que durante el día albergan comercios tradicionales, heladrías o mercadillos dan paso a pequeños restaurantes de especialidades mediterraneas o terrazas donde el niçois y el visitante toman vinos o cervezas. Una de las plazas que bordea el barrio, la porticada Plaza Garibaldi, de indiscutible aire noritaliano, es donde los locales se reúnen a esas horas para empezar a disfrutar de la escena nocturna de la ciudad. En esta plaza, bajo su imponente estatua, aprendimos que Garibaldi, héroe de la reunificación italiana es hijo de Niza. Curioso.

DIA 2: MÓNACO

Llegando al Casino entre decoración navideña

Por la mañana del segundo día nos fuimos al país vecino, Mónaco. El desplazamiento es muy sencillo ya que un tren que pasa cada media hora por la Gare central de Niza te deja en la estación de Monte Carlo en pocos minutos. (Ojo, precaución si vais: quitadle los datos al móvil cuando estéis llegando. Mónaco no tiene roaming) Al salir de la estación, bajamos por los Jardines del Casino entre estatuas de Botero o de meninas de Manolo Valdés y carruseles navideños hasta llegar a la puerta de la visita por excelencia del país, el celebérrimo Casino de Monte Carlo

CASINO

Todo al rojo, impar y falta.

El Casino está ubicado en un espectacular edificio que es en sí un verdadero palacio. Diseñado por el celebérrimo Charles Garnier, no sólo alberga las salas de juego, sino también la Opera, restaurants y terrazas de exclusivos bares que cuelgan sobre el Medirterráneo Se accede por una escalinata que parte de una plaza donde aparcan coches de máximo lujo y que conduce el espectacular vestíbulo, donde compramos los tiquets y la audioguía para visitarlo. Las salas de juego se van sucediendo a cuál más lujosa, con pinturas y esculturas originales de artistas del S XIX y con mobiliario y decoraciones dignas de un palacio real. En el casino no se puede jugar hasta la tarde, pero sí puedes tomarte un cóctel en una de sus barras atendidos por elegantes camareros. Lo único nos chirrió fue la presencia de las multicolores máquinas tragaperras en esos regios salones, donde no pegaban ni con cola. En fin, el signo de los tiempos, suponemos.

MONTE CARLO

Admirando los cochazos en la curva más lenta de la F1

A la salida del casino, y tras pasear por un par de calles rodeadas por las tiendas de mayor lujo, desembocamos en un lugar mítico para los fanáticos de la Fórmula 1, entre los que se cuenta la mitad de Isa y Fe de viaje. Se trataba del Fairmont Hairpin u horquilla de Loewe, una de las curvas más legendarias del circuito urbano de Monte Carlo, el más antiguo y tradicional de la F1. Allí, los devotos de este deporte toman posiciones y sacan fotos a los cochazos que desfilan lentamente por estas curvas. Parecía que se sabían objeto de admiración y que desfilaban con elegante parsimonia ante los seguidores. Tras admirar un rato los cochazos monegascos reseguimos el circuito (como vimos que hacía un montón de gente) por el túnel, el Puerto, la Curva de la Rascasse donde se pueden rendir honores a una estatua de Fangio, y la recta de meta, donde se conservan las marcas de la parrilla de salida pintadas en la calle.

El puerto y los condos forman un lujoso horror vacui

El Puerto de Monte Carlo es una de las manifestaciones de lujo más desbordantes que hemos visto jamás. A la profusión de yates de superlujo que amarran en sus muelles se le unen los hoteles de las supercadenas, las tiendas exclusivas y los gigantescos y estilizados edificios de apartamentos que se agolpan montaña arriba. Parece increíble cómo un lugar tan diminuto puede concentrar y demostrar tal cantidad de dinero. Rematamos el paseo por el puerto con una visita al mercadillo navideño, muy cuqui y perfecto, comme il faut.

EL MÓNACO TRADICIONAL

Nada que ver con el Monte Carlo de a nivel del mar

Un poco cansados del oropel, decidimos rematar el día subiendo a la colina de mónaco, donde se asienta el Castillo de los Grimaldi. El Castillo en sí es feúcho, pero tanto la subida por las murallas como el barrio de la colina, el Antiguo Montecarlo, nos gustaron mucho. El barrio antiguo tiene el agradable aire de un pueblo mediterráneo tradicional y paseamos un rato por él y visitamos su contundente Catedral, que se abre al mar desde lo alto del acantilado. También nos gustó el barrio de la Condamine, que se extiende a los pies de la colina y alrededor del mercado tradicional, y que es uno de los pocos puntos de la ciudad de dimensiones humanas.

LA NIZA UNESCO

El Palais Lascaris, antigua residencia de hivernants, es hoy una galería de arte

Por la tarde, a la vuelta de Monaco y saliendo de la Estación de tren, paseamos por el barrio que se extiende entre las avenidas Jean Medecin y Gambetta. En esta zona se encuentran la mayoría de los palacios y caserones de los hivernants, por los que Niza obtuvo la mención de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2021. Se trata de las casas que los viajeros del norte de Europa (británicos, rusos y austrohúngaros en su gran mayoría) construyeron en la ciudad a finales del S XIX para huir de los rigores del invierno en sus latitudes. Estos singulares caserones, de influencias belle epoque, neoclásicas o barrocas competían ntre ellos en grandiosidad y ornamentación y, por suerte, muchos aún se conservan, otorgándole a Niza una categoría única. Disfrutamos identificando estos palacios y admirando sus rotundas cúpulas, sus decoradas fachadas o las balconadas de hierro forjado. Hoy en día un buen número de ellos están reconvertidos en galerías de arte o en hoteles.

PROMENADE DES ANGLAISES

Flaneurs por el Promenade

Y para acabar el día, hicimos lo que hacen la mayoría de los locales al atardecer: pasear por el Promenade des Anglaises. El celebérrimo paseo que bordea la playa de guijarros a lo largo de tres quilómetros es una avenida que evoca los tiempos en los que los hivernants se hospedaban en los hoteles de lujo que aún bordean el paseo. El hotel Negresco, que preside el Promenade, es un ejemplo de ese tipo de edificaciones de la época que sigue aún en funcionamiento y cuya silueta con su característica cúpula esquinera se ha convertido en un verdadero símbolo de la ciudad.

Mirando el horizonte dsde una chaise bleue

Ah, y ya puestos, nos regalamos unos bonitos momentos: nos sentamos un ratito en las célebres sillas azules del paseo, las bonitas chaises bleues que son otro de los símbolos de Niza, viendo como caía el sol y escuchando a músicos callejeros de mayor o menor fortuna. Los locales usan estas sillas, que aparecen en postales y souvenirs de artesanía, para disfrutar del arte de «mirar el horizonte».

DIA 3: ÈZE

El cartelito no engaña

Nos guardamos para el último día la visita al publecito de Èze. Habíamos leído que se trata de un publecito medieval encaramado en la cima de un acantilado así que nos montamos en el tren (el mismo que el día anterior) que en poco más de 15 minutos nos dejó en la estación de Èze sur Mer. Como su nombre indica, esta estación está a nivel del mar y para llgar al pueblo propiamente dicho existen dos opciones. Un autobús de línea o un sendero que salva 600 metros de desnivel. ¿Adivinais qué opción escogimos nosotros?

EL SENDERO DE NIETZSCHE

Un recodo del sendero con Eze Ville en lo alto

Efectivamente. Nos habían hablado el primer día del Sendero de Nietzsche y de que no era demasiado exigente. Bueno… Sólo os recomendamos que si vais a Èze y os decidís por esta opción, llevaos calzado adecuado. El sendero, que cuenta la leyenda que es el que recorría el alegre filósofo alemán cuando estuvo alojado en la Costa azul, es un camino de tierra, piedras y escalones de unos dos quilómetros y que salva un importante desnivel. Se cubre en poco más de una hora y discurre entre bosques de pinos y con unas vistas al Mediterráneo espectaculares. Y aunque lo subimos en el mes de diciembre, llegamos totalmente empapados de sudor al pueblo. No nos hubieran ido nada mal unas camisetas de recambio…

ÈZE VILLAGE

Uno de los 1000 rincones bonitos de Èze

El pueblo antiguo de Èze es lo que los cursis describirían como un lugar de cuento. Encerrado en una muralla medieval, conserva el trazado de callejuelas estrechas y antiguos edificios de piedra, muchos de ellos reconvertidos en bonitos barecillos con terrazas diminutas o en pequeños hoteles-boutique de diseño de precios astronómicos que sólo funcionan en verano. También vimos, entre arcos de piedra y recodos de postal, un par de restaurantes con mención Michelin. Suponemos que sus comensales no optarán por llegar por el diabólico camino de Nietzsche…

La estatua Marina, el jardín y las tremendas vistas

En lo alto del pueblecito y a los pies de las ruínas de la antigua fortaleza medieval pudimos visitar un lugar que nos maravilló: en todo su alredor se extiende un enorme jardín botánico de diversas variedades de plantas (mediterráneas, exóticas o desérticas). Y nos encantó recorrer sus terrazas, habitadas por bonitas estatuas algóricas y contemplar las espectaculares vistas desde los jardines, que algunos califican de las mejores de todo el Mediterráno Francés (podria ser) y que abarcan desde Mónaco hasta Cannes. Bajamos de las alturas del castillo y esperamos el autobús de vuelta a la estación tomando unas cervezas y unas salchichas en el mercado navideño del pueblo, este más casero que el de Monte Carlo, obviamente, pero mucho más familiar y acogedor y en donde compartimos cumpleaños de paisanos y canciones infantiles.

ATARDECER EN NIZA

Pissaladière y soca. Pedíos lo priemro si vais a Niza

Nuestra idea era visitar la casa museo de Matisse por la tarde, de vuelta a Niza, pero nos lo tomamos con demasiada calma y llegamos con el tiempo justo para poder completar la visita, así que lo dejamos para otra ocasión (ya sabeis la teoría: siempre hay que dejarse cosas pendientes y así tener la excusa para volver). Pero rápidamente montamos otro plan: ver la puesta de sol desde el extremo norte del Promenade con el majestuoso escenario de los hoteles y mansiones a la luz de la golden hour, y comerrnos una riquísima pissaladière en un puestecillo de la vieille Nice. En teoría, el tentempié estrella de la ciudad es la soca, una especie de oblea de garbanzo, pero a nosotros no nos acabó de gustar, mientras que la pissaladière, un pan finito con mucha cebolla, aceituna negra y anchoa nos encantó. ¡Qué gran invento!

Y tras un par de cervecitas cerca del hotel, (hay que buscar las happy hours y los bares chiquititos, porque los precios en las terrazas son prohibitivos), nuestro periplo por Niza y alrededores tocó a su fin. Nos ha encantado pasar un fin de semana en esta interesante y bulliciosa ciudad, y sin duda reptiremos ya que nos han quedado muchos rincones por conocer e interesantes pueblos de la Costa Azul por recorrer.

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