Una semana báltica

El casco medieval de Tallinn desde el Mirador de Kohtuotsa

Hemos ido en: Agosto 2017

Hemos estado: 8 días

Hemos visitado:

  • Helsinki (FIN)
  • Tallin (EST)
  • Estocolmo (SUE)
  • Turku (FIN)
  • Tampere (FIN)

Los que nos conocéis (y los que no, lo podéis intuir por el índice) sabéis que nos gusta viajar sobre todo por zonas en donde el calor es protagonista. Sin embargo, en agosto de 2017 juntamos unos cuantos días de vacaciones y pensamos que sería la ocasión perfecta para visitar esas latitudes. Y dicho y hecho. Los amigos de TouristForum nos ayudaron a montar una magnífica ruta por las principales ciudades bálticas de Finlandia, Estonia y Suecia.

Volamos de Barcelona a Helsinki. De ahí nos trasladamos en ferry a Tallinn. Otro ferry nos llevó a Estocolmo y de ahí en ferry de nuevo a Turku-Abo. Nos dirigimos en tren hacia el norte hasta Tampere, y de nuevo en tren hasta la capital Helsinki para tomar un vuelo que nos llevaría de vuelta a casa.

HELSINKI

La primera impresión que se tiene de la capital de Finlandia es que es una ciudad que ya esta hecha; no haría falta ponerle nada más ni quitarle nada. Aunque no sea estrictamente escandinava por razones geohistóricas, todos los tópicos de las ciudades nórdicas se le pueden aplicar. Bonita, ordenada, de diseño, amable, limpia, paseable… ¡y cara!.

EL emperador y su gaviota

Llegamos al mediodía y tras instalarnos en nuestro (perfecto) hotel, muy cercano a la magnífica estación de ferrocarriles, nos dirigimos hacia el epicentro de la ciudad, la plaza que alberga la blanquísima Catedral Luterana. Situada en el barrio portuario, en la cima de una pequeña colina, su mole blanca de cúpulas verdes y espiras doradas domina un barrio de bonitas y estrechas callejuelas que albergan tiendas de objetos de regalo y pequeñas tabernas y restaurantes. La amplia plaza de la Catedral, que preside la estatua del emperador Alexander II (muy solemne él, pero siempre coronado con gaviotas o palomas) y sus escalinatas nos pareció uno de esos buenos sitios en los que sentarse y ver cómo pasa la vida, finlandesa en este caso. No es una construcción muy antigua ya que sus obras finalizaron en 1850, pero indudablemente se ha convertido en el símbolo de la ciudad.

La catedral ortodoxa

A pocos metros hacia el este, en la cima de otra colina, se levanta la catedral «rival», la Catedral Ortodoxa Uspenski. Es contemporánea a la luterana, pero totalmente diferente ya que está construida con ladrillo rojo, cúpulas de cobre y dorados pináculos en forma de cebolla al estilo y manera de las catedrales rusas. A nosotros nos dio la impresión de que las dos catedrales se miran, se retan y rivalizan, ¿Cuál es la más bonita o la más solemne? No supimos decidirnos por ninguna de las dos.

Por la tarde, un paseo por el Esplanade, la solemne avenida arbolada y ajardinada del centro de la ciudad bordeada por tiendas de diseño que une el muelle con los barrios interiores y que los locales pasean arriba y abajo, nos llevó hasta la curiosa iglesia Kammpi. Construida completamente en madera e imitando forma del casco de un barco, nos pareció más un espacio de meditación que una iglesia confesional al uso. Nos sobrecogió el absoluto silencio que reinaba y que la original forma del edificio y el material del que estaba construido ayudaba a mantener.

La fortaleza desde el mar

A la mañana siguiente decidimos hacer una turistada: Desde el muelle central partían unos ferris que hacen una ruta por los puertos de Helsinki. Y resultó muy interesante ya que, aparte de poder ver las grandes perspectivas de la ciudad desde el mar, el paseo de una hora de duración nos llevó hasta la fortaleza de Suommelinna. Construida por los suecos a mediados del S XVIII en una islita para prevenir los ataques del ejército ruso, a la greña con los suecos que ocupaban Finlandia en esa época (cosa que no lograron, ya que el Imperio Ruso se anexionó Finlandia en 1809). Hoy en día es Patrimonio de la Unesco. Fue interesante también pasar junto a los impresionantes rompehielos atracados en su puerto a la espera de la fría temporada de invierno. Y lo mejor: te servían unas importantes pintas de cerveza Karhu que te amenizaban bastante la singladura.

Ahumados a tutiplén

Al desembarcar, paseamos por el pintoresco mercadillo que tenían montado en el muelle. Tiene una parte de alimentación y otra de artesanía / souvenirs. Y como nos había entrado hambre de ver todas esas frutas y bayas perfectamente dispuestas, decidimos comer en el mercado Vahna Kauppahalli (sí, los nombres fineses son un tanto difíciles de retener). Se trataba de un antiguo tinglado del puerto reformado y reconvertido en una especie de food court de puestecillos de alimentación. En algunos de ellos tenían la mayor variedad de ahumados que habíamos visto en nuestra vida. Fue difícil decidirse por alguno de ellos, pero dio igual. Los que probamos estaban buenísimos.

Y ya sin mucho más que hacer, paseamos hasta el hotel para recoger nuestras maletas y dirigirnos al muelle de ferris, ya que el nuestro salía hacia Tallinn esa misma tarde.

EL FERRY DE HELSINKI A TALLINN

Nada ni nadie nos había preparado para la bizarra experiencia de viajar en un ferry de línea báltico. Tras localizar nuestro diminuto camarote con ayuda de los planos del barco, nos dirigimos a las butacas de popa situadas al lado de un pequeño escenario (en el que no reparamos hasta más adelante) para presenciar la partida del barco y ver cómo se alejaba la ciudad. Y cuál fue nuestra sorpresa cuando tras un rato, con el ferry ya lejos del puerto, empezaron a bajar señoronas emperifolladas con vestidos de noche y señores con traje que, a las órdenes de un maestro de ceremonias, fueron subiendo al escenario por turnos a cantar en el karaoke mientras el resto de la audiencia bailaba las canciones bien agarrados.

Fiestón en el ferry

Tras recuperarnos de la sorpresa fuimos a dar un paseo por las cubiertas dedicadas al ocio donde vimos varios casinos en donde unas cuantas personas jugaban a ruletas y máquinas de azar y nos fijamos en una particularidad en las tiendas de bebidas: las botellas de licor eran de tamaño extra grande (de litro o litro y medio) y los packs de cerveza de 24 unidades iban embalados de 4 en 4 o de 6 en 6 con una carrito para su óptimo traslado. Nos quedó bastante claro para qué embarcaban los locales en estos ferris. Y más después de pasearnos tras la cena por la inmensa sala de baile, con cientos de sofás de terciopelo dispuestos en círculo y contemplar la juerga que una multitud de veteranos estaba montando. Y lo más curioso: en la tele de nuestro mini camarote había un canal que retransmitía lo que sucedía en la pista de baile. Supusimos que era para que los que se retiraban pero no querían perderse ni un ápice de lo que sucedía.

TALLINN

La capital de la república de Estonia nos sorprendió agradablemente. Poco nos esperábamos esta ciudad tan bonita, histórica, joven y vibrante que nos encontramos al descender del ferry. Por lo pronto, nos sorprendió nuestro hotel ya que contaba con una planta que en su momento utilizó el temido KGB para espiar a los extranjeros que en él se hospedaban y que ahora funciona como museo visitable, aunque no nos cuadró el hacerlo.

LA catedral de la discordia

Disponíamos de dos días para estar en Tallinn, así que el primero lo dedicamos a la ciudad medieval amurallada, su centro histórico llamado Toompea que es patrimonio mundial de la UNESCO. Entramos por la parte sur, por la llamada Puerta de la Libertad y una revirada subida nos condujo a la impresionante mole de la Catedral de Alexander Nevski, construida a principios del S XX a la manera e imagen de los templos rusos. Nos enteramos de que esta catedral ha tenido fuerte rechazo entre la población en los períodos de independencia de Estonia llegando incluso a estar a punto de la demolición, pero finalmente en los años 90 fue restaurada y mantenida en todo su esplendor.

El aguzado campanario de San Olaf

Y así, el resto de la jornada fue transcurriendo mientras paseábamos por Toompea: subimos a la colina de la Iglesia de Santa María para gozar de unas tremendas vistas sobre el recinto amurallado desde el Mirador de Kohtuotsa, nos tomamos una cerveza en la plaza mayor, Raekoja Plats, admirando sus casas medievales, como el antiguo ayuntamiento y la que dicen es la farmacia más antigua de Europa, atravesamos antiguos recintos de monasterios guardados por inquietantes estatuas de monjes, admiramos las murallas y las torres defensivas que parecían hechas con el Exín Castillos desde el Jardín de la Torre, nos estremecimos ante las tapiadas celdas de la Prisión del KGB, o subimos al campanario de la Iglesia de San Olaf, del que dicen que en el siglo XVI fue el edificio más alto del mundo con sus 159 metros.

Vana Viru da la bienvenida a Toompea

Decidimos que el día siguiente lo íbamos a dedicar a la parte de la ciudad extramuros que se extiende entre Toompea y el Báltico. Pero en la jornada anterior nos habíamos dejado algunas cosas para encadenar las actividades, y de esta manera nos dirigimos hacia la principal puerta del recinto amurallado, Vana Viru. Se trataba de una imponente puerta con dos altas torres de vigilancia que nos franqueó la entrada a Viru Tanav, la alegre calle principal, comercial y turística, y repleta de restaurantes y tiendas de artesanía que desemboca en la Plaza Raekoja. Tras cruzar la ciudad antigua, salimos de ella por la Puerta Norte y nos encaminamos hacia el puerto.

Un gigante en la fachada del centro Tellivski

Tras la muralla, nos esperaba el peculiar barrio de Kalamaja, una antigua zona portuaria, de pescadores y ferroviaria pero que hoy en día es una bonita área de casitas de madera unifamiliares y multicolores que albergan talleres y estudios, muy hipster todo (y realmente caro, según nos explicaron). Este barrio se vuelca en el puerto antiguo y ahí visitamos el interesante Museo Marítimo y los barcos de guerra, el submarino y el tremendo rompehielos que estaban atracados al lado. Y ya de vuelta a Toompea decidimos dar un paseo por la cercana zona de Telliskivi y de la antigua estación término, hoy en desuso y que alberga mercadillos, talleres, galerías de arte, salas de conciertos y unos antiguos vagones de tren soviéticos reconvertidos en curiosos bares y restaurantes y que convoca a toda la modernitud de Tallinn.

ESTOCOLMO

El viaje vespertino en ferry desde Tallinn hasta Suecia prometía ser divertido y entretenido como el anterior, pero una terrible circunstancia nos sumió en la tristeza más absoluta: poco antes de partir del muelle, un gran número de mensajes y llamadas perdidas en nuestros móviles hacían presagiar que algo serio había ocurrido. Y en efecto, un instante antes de perder la cobertura nos enteramos de la terrible masacre en Las Ramblas de Barcelona. La gente estaba preocupada por nosotros ya que vivimos a 200 metros del lugar del atentado. Nos fuimos a cenar con la congoja dentro y al acabar, con la cobertura ya recuperada al acercarnos a tierras suecas, pudimos por fin enterarnos de lo que pasó y tranquilizar a familiares y amigos.

La pintoresca Plaza del ayuntamiento de Gamla Stan

Nos fuimos a dormir al camarote, ya que las puertas para desembarcar abrían por la mañana temprano. Y a media mañana, después de desayunar, bajamos del barco entre suecos cargados de licor y cerveza. Disponíamos hasta la tarde para visitar la magnífica capital de Suecia, así que tomamos el metro y nos dirigimos hacia Gamla Stan. Estocolmo es una ciudad formada por 14 islas, y Gamla Stan constituye el centro histórico de la urbe. Sin otro objetivo que pasear y empaparnos del ambiente de la ciudad, dedicamos la mañana a recorrer las bonitas calles de la isla hasta la hora de comer. El tiempo era un poco desapacible, pero conseguimos hacernos una buena idea de las añejas calles medievales, del solemne Palacio Real o de la Plaza del Ayuntamiento, Stortoget, donde se alza el señorial palacio de la Academia Sueca en donde cada año se otorgan los Premios Nóbel. Lástima que no tuviermos tiempo para visitarlo.

El skyline de Gamla Stan

Escoger dónde comer fue un problema ya que la isla está repleta de acogedores restaurantes y bares y fue difícil la elección, ya que todos nos gustaban (bueno, el precio de los menús nos ayudó; en su gran mayoría son bastante caros). Ya por la tarde cruzamos los puentes que conectan las otras islas, como la de Norrbro, donde se levanta el Parlamento Sueco y donde en sus jardines se celebraban conciertos de música popular, actos culturales y actividades para los peques, y la de Norrmalm, que cuenta con una zona más moderna de tiendas. Ahí vimos el curioso Ayuntamiento de Estocolmo y la medieval Iglesia de Santa Clara, además de disponer de una preciosa perspectiva del atardecer con el skyline de Gamla Stan recortado en el cielo.

El sol se pone entre islas

La partida del ferry que nos iba a devolver a Finlandia nos obsequió con un magnífico regalo que no habíamos visto a la llegada al ser de noche. La desembocadura del Lago Malär en el Mar Báltico forma un estuario con más de 20.000 islas de todos los tamaños, desde los simples islotes hasta verdes islas de tamaño considerable, pasando por aquellas que albergaban una casita de madera y poco más. Y el zigzagueo del barco entre ellas con la caída del Sol y los cambiantes colores que provocaba nos tuvo un buen rato encandilados en las cubiertas.

TURKU

el Castillo de Turku al amanecer

Por la mañana llegamos a la ciudad de Turku, o Abo para los suecos. Se trata de una pequeña y tranquila ciudad costera, sede de importantes universidades, que reclama ser la población más antigua de Finlandia y donde nos íbamos a quedar un par de días. El camino desde el puerto de ferris hasta el hotel era sencillo: sólo había que seguir el margen del río Aura, que es el que cruza la ciudad y que es todo él paseable. En este recorrido pasamos junto al Castillo de Turku, el Turunlinna, que representa el primer asentamiento en esas costas, allá por los últimos años del Siglo XIII

Al llegar a la plaza principal de la ciudad, donde estaba nuestro hotel, vimos una multitud de gente reunida alrededor de lo que parecían ser unas velas y unas flores en el suelo del pavimento. Cuando nos acercamos, nos dimos cuenta de lo que sucedía: se trataba del homenaje a la víctima de un atentado acaecido el día anterior, cuando un hombre había apuñalado a otro en ese mismo sitio. El sinsentido del terrorismo golpeaba de manera cruel esa pequeña y pacífica ciudad finlandesa.

La Catedral asomando tras los árboles del río Aura

Aparte de esto, nuestra estancia en Turku fue de lo más tranquila. El tiempo pasó entre paseos por las bonitas márgenes del río, subir a la colina de la pintoresca Catedral luterana de Turku, visitas a algún museo como el Waaino Aalto de arte moderno y su estilizado restaurante, perdernos en el barrio de casitas de madera ribereño que hoy en día se han reconvertido en farmacias y talleres de artesanía, comer en el Kauppahalli, un food court muy de moda entre los lugareños, o tomarnos unas cervezas al atardecer en las abarrotadas terrazas de la plaza mayor viendo la vida pasar.

TAMPERE

Huellas del pasado industrial de Tampere.

Un corto trayecto de tren nos llevó hasta nuestro siguiente destino, la ciudad de Tampere (con acento en la «a», como aprendimos). Tampere es una ciudad de un poco más de 200.000 habitantes situada en el centro de Finlandia con un importante pasado industrial, como comprobamos en nuestro paseo por el centro. Sólo íbamos a tener unas horas aquí ya que debíamos estar por la noche en Helsinki, así que nos pusimos manos (y pies) a la obra, fuimos a una oficina de turismo y nos hicimos con un mapa que nos indicó los principales puntos de interés.

Salto de agua al lado de la fábrica Finlayson

El núcleo urbano de la ciudad está situado entre dos lagos entre los que discurre un canal natural con unos saltos de agua, que en su día se aprovecharon para crear pequeñas estaciones eléctricas alrededor de las cuales se desarrollaron diferentes industrias, especialmente del textil. Hoy en día, tanto los saltos urbanizados que forman pequeñas cascadas como las fábricas, reconvertidas en espacios de arte, restaurantes y talleres son visitables, como la Fábrica Finlayson, de curiosa historia. Y pasear entre estos edificios de ladrillos, sus patios abiertos y las altas chimeneas, con un poco de imaginación nos transportó a la Inglaterra de la revolución industrial.

Parte de los controvertidos frescos de Tuomiokkirko

En la parte norte de la ciudad, tocando ya al Lago Näsi, se extiende un gran parque de atracciones bastante popular en la zona, el Parque Särkänniemi. Por el poco tiempo que teníamos no pudimos ir, pero paseamos por los caminitos de la colina que lo rodea, donde se podían ver las impresionantes casas señoriales que construyeron los industriales del textil. Y ya de vuelta hacia la estación de tren visitamos la catedral de la ciudad, la Tuomiorkkirko, de construcción reciente (principios del XX) pero que en su interior cuenta con unos impresionantes frescos, muy polémicos en su época por lo transgresores aún incluso entre la más permisiva confesión luterana.

El trayecto de tren entre Tampere y Helsinki era algo que teníamos ganas de vivir, ya que cruza parte de la impresionante región de los lagos finlandeses y discurre entre frondosos bosques de coníferas. Aunque nuestro tren nos tuvo parados un par de horas en la estación de Hammeelinna, no nos arrepentimos en ningún momento de haber escogido este transporte al avión, mucho más rápido pero más prosaico.

Y ya no nos dio tiempo a hacer mucho más en la capital finlandesa salvo ir a cenar unos filetes y unos embutidos de reno (tremendos) a un restaurante que nos habían recomendado ya que a la mañana siguiente cogíamos el vuelo de vuelta a Barcelona. Nos quedamos con muchas ganas de recorrer otras zonas de esta maravillosa región, como las otras dos capitales bálticas, San Petersburgo. pasar más tiempo en Estocolmo o, por qué no, un tour en tren por todo Finlandia. Así que seguro que habrá Semana Báltica segunda parte.

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