Un paseo por el N.O.A.

La Quebrada de Humahuaca

Cuando nos planteamos qué viaje íbamos a hacer en Argentina como colofón a dos meses de estancia de Isa en Argentina por cuestiones de trabajo, nos decidimos por el Noroeste argentino, o lo que es lo mismo, las regiones de Salta y Jujuy, las mas norteñas del país y fronterizas con Bolivia. ¿Qué razones nos impulsaron a recorrer esta zona? es (relativamente) poco turística, desconocida para nosotros y aunaba naturaleza, ciudades y pueblos, y un cierto interés etnográfico. Así que dejamos que Isa viajara por el sur los meses previos y nos embarcamos en un paseo por el fantástico NOA. ¡Y nos alegramos de haber tomado esta decisión ya que lo hemos disfrutado mucho!

En este paseo hemos visitado (a modo de índice):

Salta

PRÓLOGO: CATARATAS DE IGUAZÚ

Señoras que ven caer agua.

La previa del paseo por el NOA fueron tres días en Cataratas, ya que la mitad de Isa y Fe de Viaje no había estado nunca. Apenas nos vamos a detener a explicar nada sobre la Maravilla con mayúsculas que son las Cataratas de Iguazú, sobradamente glosadas en cientos de miles de blogs como este. Simplemente os contaremos que decidimos quedarnos en un hotelito de la parte argentina, en Puerto Iguazú y que esta decisión resultó ser todo un acierto. En contraste con Foz do Iguazú, en la parte brasilera que es, según nos explicaron, un horror del gigantismo y la sobreexplotación turística, Puerto Iguazú es una pequeña población muy agradable y tranquila para pasear, con sitios curiosos para ver (nos hizo gracia el Monolito de las Tres Fronteras y contemplar desde allí los barquitos que llevan a los turistas al punto de la triple frontera), con una buena oferta gastronómica (el restaurante La Rueda es  bastante imprescindible) y agradables terracitas para tomar una cerveza tras la dura jornada en las Cataratas

DÍA 1: SALTA

La rosácea Catedral de Salta

Después de tres noches en Cataratas, un avión directo nos dejó en Salta, capital de la provincia homónima y ciudad más importante de la región. Salta, apodada La Linda, es una interesante población que es puerta de entrada a los Andes y a la región de la Puna, altiplano que se prolonga hasta Bolivia y Chile. En la oficina de turismo, un esforzado becario nos garabateó en el plano los sitios imprescindibles que ver en Salta. El muchacho se lo tomó en serio y nos confeccionó una extensa lista, y dado que sólo nos íbamos a quedar dos días, nos pusimos manos a la obra por el principio: La Plaza de Armas. Parecida a muchas otras plazas principales de Latinoamérica, es vestigio de la ordenación urbanística colonial española y ocupa cuatro cuadras. Es el centro neurálgico de la ciudad y como en casi todas ellas, en un lado se levanta La Catedral Basílica, de un curioso color rosa pastel y cuya visita dejamos para más tarde, y frente a ella el Cabildo, que lo mismo. En cambio, visitamos un lugar que nos sobrecogió.

Llamita de oro del ajuar de los niños.

Se trató del Museo de Arqueología de Alta montaña, situado en otro costado de la Plaza. Aparte de exhibir curiosos objetos arqueológicos de la zona y explicar cómo se las ingeniaban los pioneros de la arqueología de altísima montaña, el lugar resulta singular por los llamados Niños del Llullaillaco, unos restos de niños encontrados a más de 6000 metros de altura y perfectamente conservados, tanto ellos como sus ropas, gracias a un proceso de liofilización (no momificación, como incorrectamente se dice). Nos impactó conocer que se trataba de sacrificios a los Dioses Incas, drogados y enterrados en vida y presentamos nuestros respetos a uno de los tres niños que se exhibía en ese momento, la Niña del Rayo (van turnándolos para su exhibición). Fue muy interesante constatar el cuidado con el que se muestran, avisando al público por paneles de lo que van a ver, ya que crea mucha controversia el hecho de guardar restos humanos en un museo.

San Francisco, barroco italiano en Sudamérica

Por la tarde recorrimos el centro de la ciudad y admiramos la bonita Basílica y convento de San Francisco, con su abrumadora influencia arquitectónica italiana y con el campanario aislado más alto de Latinoamérica y nos recogimos en la quietud del convento de San Bernardo, aunque desde fuera y tomando una cerveza Salta (aprobada con nota) y unas espectaculares empanadas salteñas. Esa tarde nos la tomamos con calma porque nos reservábamos para la noche. Mucho habíamos oído hablar de las peñas de Salta y de la región entera y queríamos vivir esa experiencia, así que reservamos cena para una de ellas, La Vieja Estación. Es, quizás, la más turística de la ciudad, pero el espectáculo fue divertido y la comida excelente.

Originariamente, las peñas eran espacios en donde la gente iba a tomar algo y a oír cantar y ver bailar canciones populares de la zona, y en las que, si tienes alguna habilidad musical, te puedes unir al jolgorio. Aún hay muchas de ellas en Salta que mantienen el espíritu tradicional, pero en las que es difícil entrar si no eres parroquiano. La Vieja Estación es un hibrido entre tradición y «turistada» que nos vino muy bien como toma de contacto, con un grupo de baile y un trío interpretando carnavalitos, zambas y chacareras, los ritmos autóctonos, vaya. Ya habría tiempo de experimentar lugares más auténticos más adelante.

DÍA 2: QUEBRADA DE LAS CONCHAS Y CAFAYATE

Paisajes de western en La Quebrada

Para el día 2 en el NOA habíamos contratado una excursión, así que nos despertamos prontito y montamos en una combi que nos llevó hacia la increíble Quebrada de las Conchas. Lo que nos explicaron mientras nos dirigíamos hacia la entrada de la Quebrada es que se trata de un gigantesco y espectacular desfiladero natural que ha esculpido el Río Conchas a lo largo de milenios y que tiene una longitud aproximada de 50Km. Pero lo que nos encontramos superó cualquier explicación que nuestra guía nos ofreciera. Nos sumergimos en un espectáculo geológico que dejaba pequeño a cualquier escenario de película de western estadounidense, con altos paredones de formas caprichosas y mil matices de rojos, ocres, sienas, marrones, amarillos….

LA impresionante pared del Anfiteatro

El nombre hace referencia a la cantidad de fósiles que se pueden encontrar, ya que esa área estuvo cubierta por el océano hace eones (nuestra guía nos mostró algunos de ellos) Nuestra travesía por la Quebrada nos permitió admirar impresionantes escenarios como la Garganta del diablo, El Anfiteatro o Las Tres Cruces, que nos dejaron extasiados, y pudimos ir viendo a lo largo de la ruta muchas otras formaciones caprichosas, cada una con un imaginativo nombre (los rascacielos, el Titánic, el sapo…). Ah, y si habéis visto la peli de Relatos Salvajes, la Quebrada es escenario de una de las historias, la que protagoniza Leonardo Sbaraglia. Nos pareció curioso que aún se pueda ver el coche calcinado y el puente que se usaron para la película.

La quebrada desemboca en la región de Cafayate, una reconocida área vitivinícola argentina, así que nos encaminamos hacia la Bodega Nanni una bodega de la zona que aun elabora sus vinos de manera artesana. El heredero de la familia, un animoso muchacho llamado Gastón, nos ofreció una interesante cata en donde conocimos y disfrutamos del excelente blanco de la región, el Torrontés. Y cosa curiosa; en la bonita Plaza de Armas de la ciudad de Cafayate pudimos probar el helado de torrontés, una curiosa delicia.

DÍA 3. SALTA.

Empanadas y tamales salteños

El tercer día en el NOA lo dedicamos a visitar tranquilamente la ciudad de Salta. Por la mañana, un tour guiado nos explicó las curiosidades del centro de la ciudad, más a fondo y con numerosas anécdotas que se nos habían escapado el primer día (por ejemplo, cómo venden sus productos las monjas de clausura del Convento de San Bernardo: a través de un torno que les permite llevar a cabo las transacciones sin tener que ver a nadie). Y El intrépido guía nos reveló un gran secreto: los mejores lugares para probar la deliciosa empanada salteña. Le hicimos caso y nos regalamos un espléndido almuerzo de empanadas, humitas y tamales en La Tacita Café, un minúsculo local de apenas tres mesitas frente a la iglesia de San Francisco, que nos hubiera pasado desapercibido si no nos lo hubieran recomendado.

El mirador. Aunque poco para ver

Tras visitar el pequeño Museo de la Ciudad en el Cabildo (casi todo dedicado a la época de la Independencia y al héroe local, Miguel de Güemes y sus gauchos), por la tarde nos decidimos por una de las actividades singulares de Salta: subir al Cerrito de San Bernardo. Son unos miradores en la cima de una colina que bordea la ciudad adonde se puede subir en teleférico o por un caminito que serpentea por la montaña. Nuestra idea era la segunda, así que enfilamos la Avenida Güemes, donde se acumulan bares y cervecerías nocturnas, para subir a pie. Pero cambiamos de opinión al comprobar que se nos echaba la noche y la niebla encima y optamos por el teleférico. El trayecto fue pintoresco: las pequeñas cabinas multicolores se internaban por la niebla en una ascensión que salvaba el camino mal iluminado que pretendíamos tomar en un principio. Nos felicitamos por nuestra buena decisión.  En la cima, poquito que ver ya que la niebla se iba posando en el valle de Salta, pero el lugar nos gustó (restaurantes, miradores, jardincillos con fuentes, puestos de artesanía…), y la imagen del anochecer en la ciudad entre nubes resultó bastante singular y diferente a la postal oficial.

Open mic en la Peña del Olivo

Por la noche nos decidimos por otra peña, la de El Olivo. Mucho más pequeñita que la del primer día, la encontramos bastante más auténtica ya que los músicos locales eran mucho más cercanos al público (acabamos charlando con uno de ellos que había vivido fugazmente en Barcelona) y cualquiera con nociones musicales podía subir al escenario, como así pasó en un improvisado y divertido dueto de guitarra y violín. Y la comida, oh sorpresa, resultó ser excelente.

DIA 4: LA QUEBRADA DE HUMAHUACA

El cuarto día tocaba cambio de campamento base, así que nos trasladamos al norte, al pintoresco pueblo de Purmamarca (del que os hablaremos más adelante), ya en la provincia de Jujuy, y que es la puerta de entrada a la tremenda Quebrada de Humahuaca. Discurre de sur a norte y es menos escarpada que la de las Conchas, pero a diferencia de ésta, combina las maravillas geológicas con interesantes enclaves culturales.

La fatigante subida al Monumento de la Independencia

El camino de ida transcurrió sin paradas hasta la población homónima. Humahuaca, a 3000 m.s.n.m, es el campo base para hacer excursiones de altura en 4 x 4. ¡Pero qué chasco nos llevamos al llegar! Quedamos muy tristes al darnos cuenta de que la excursión que habíamos contratado no incluía la subida a la increíble Serranía del Hornocal, así que nos conjuramos para solucionar esa decepción días más tarde. Comida local, paseíto por el pintoresco pueblo (donde ya empezamos a notar en serio la falta de oxígeno), y vuelta a recorrer la Quebrada en sentido inverso.

Hacia la derecha, el trópico.

La vuelta de la excursión la dedicamos a visitar ciertos sitios de interés en la Quebrada. Para empezar, el Hito del Trópico de Capricornio, que marca el paralelo en donde Argentina se adentra en el trópico (dato curioso: de los más de 5100 Kms de longitud de Argentina, sólo 100 son tropicales). Y más adelante, en el pueblecito de Uquía, visitamos la diminuta iglesia de San Francisco de Paula que nos sorprendió con la mayor colección de pinturas de arcángeles arcabuceros del mundo, unas curiosas pinturas de la Escuela Cuzqueña de la época del Virreinato y que representan a los diez arcángeles vestidos de soldado y armados con unos tremendos arcabuces.

La Quebrada desde la atalaya del Pucará

Aunque lo más interesante de la ruta fue visitar el pueblo de Tilcara y su Pucará, una fortaleza del Inca en lo alto de un cerrito. Los pucarás tenían varios usos en la época incaica: Templo, fortaleza, estación de señales y parada de postas para que los mensajeros corredores se relevaran en sus misiones. Hoy en día resulta evocador pasear entre las ruinas y las reconstrucciones de algunas edificaciones, llevadas a cabo con un rigor histórico discreto, sin embargo, y darse cuenta desde las alturas el por qué de la elección de estos puntos como atalayas. Todo ello envuelto en un singular paisaje salpicado por miles de cardones (el típico cactus de brazos alzados que lamentablemente está en recesión, víctima del cambio climático) y con el decorado de la Quebrada y sus decenas de tonos rojizos al fondo.

DÍA 5: PURMAMARCA Y LA SALINA GRANDE

Cuesta de Lipán. Curvas y más curvas.

Para la mañana del quinto día habíamos contratado una excursión a un destino increíble: Las Salinas Grandes. Así que nos montamos en un microbús que, pocos quilómetros después de salir de Purmamarca nos metió de lleno en un escenario para el que no estábamos preparados: La Carretera de la Ruta 52. Y es que esta Increíble carretera serpentea por la montaña trazando increíbles curvas que se van sucediendo de manera inverosímil para salvar más de 2.000 metros. La llamada Cuesta de Lipán es ya una atracción en sí, y más cuando ves grandes camiones que usan la ruta para ir a Chile y Bolivia negociar las curvas sin aparente dificultad, e incluso llegar a adelantarse. De locos. Paramos un par de veces, en un mirador desde el que se ve la Ruta retorciéndose por la montaña y en un hito que marca la máxima altura de la carretera: 4170 m.s.n.m. Nos advirtieron de que no debíamos hacer esfuerzos bruscos porque la falta de oxígeno es notable a esta altura (ya íbamos mascando hoja de coca, por si acaso). Y mientras lo experimentábamos, agotados, nos preguntamos cómo lo harían las vacas para pacer tan tranquilas a esas mareantes alturas.

El desolador paisaje de la Salina Grande

Tras un trayecto de suave descenso, entramos en el valle que nos llevó a la Salina Grande. Una visión espectacular y alucinante, incomparable con nada que hubiéramos visto antes, se abrió ante nosotros: kilómetros y kilómetros de desolación blanca, fue como llegar a otro planeta. En efecto, La Salina Grande es uno de los mayores saladares de Sudamérica, con más de 12.000 Ha de espejo blanco deslumbrante. Nos pertrechamos debidamente (gafas de sol y capucha contra el viento salado son imprescindibles) y durante una hora caminamos sin rumbo, saltamos las larguísimas zanjas de agua que se practican para recoger la sal y nos abonamos a la “turistada” obligatoria: las fotos sin perspectiva que por 1000 pesos te hacen los nativos y en las que apareces en ilusiones ópticas más o menos graciosas.

Al irnos, un cartel que tildaba las Salinas de “maravilla del mundo” advertía de los peligros que la extracción masiva de litio, muy abundante aquí, pueden conllevar en el paisaje. Miedo nos da que las Salinas puedan desaparecer en breve tal y como las hemos conocido.

Las vendedoras de lanas

Dedicamos la tarde a conocer a fondo el pueblecito de Purmamarca. Todo lo a fondo que pudimos, ya que se trata de una pequeña población de cuatro calles (literalmente). Aun así, lo recorrimos muy a gusto ya que es un pueblo bonito y alegre de coloridas casas de una planta y que alberga un pintoresco mercadillo de artesanía en su centro en el que te venden todo tipo de ponchos, gorros y mantas típicos de la región, de más o menos calidad dependiendo de qué animal fuera la lana (los de llama eran baratitos mientras que los de vicuña estaban por las nubes)

Postal de Purmamarca

El mayor punto de interés del pueblecito es, sin duda, el majestuoso Cerro de Siete Colores que lo preside. Se trata de unas formaciones geológicas sinclinales que, a causa de sus cortes y sus fallas que dejan a la vista distintos minerales, muestran una variedad asombrosa de colores, del rojo al verde pasando por gris, ocre o amarillo. Su perspectiva al final de las callecitas del pueblo es una de las postales más conocidas del NOA. Y para disfrutarlo mejor, subimos al Observatorio del Porito a las afueras del pueblo e hicimos una pintoresca ruta nada exigente de una horita alrededor del Cerrito Colorado.

El denostado cacique

Pero Purmamarca tenía más cosas curiosas que ofrecernos, como un señorial algarrobo centenario del que no se ponen de acuerdo sobre su antigüedad (¿700 años? ¿600?), la diminuta Iglesia de Santa Rosa, o la estatua del cacique Viltipoco, héroe de la resistencia contra la invasión española, que paso de presidir la plaza principal a ser escondida detrás de la iglesia tras las revueltas jujeñas por parte de los nativos originales. Y lo que nos sorprendió gratamente fue la buena oferta gastronómica que hay en Purmamarca para ser un pueblo tan pequeño: comimos y cenamos de maravilla, a destacar el Restorán Kuntur, donde probamos la especialidad local, la cazuela de llama. Deliciosa.

DÍA 6: EL HORNOCAL

Tras nuestro fracaso de no llegar a la Serranía del Hornocal en nuestra excursión a la Quebrada de Humahuaca, decidimos emplear la última mañana que íbamos a pasar en el NOA a intentar solucionar esa decepción. Por lo pronto descartamos las excursiones desde Purmamarca, ya que nos pedían barbaridades de dólares. También descartamos el taxi (bueno, mejor dicho, nos descartaron ellos ya que nos explicaron que había que subir en 4×4). Así que optamos por la opción más sencilla: colectivo de línea hasta Humahuaca y una vez allí, buscar a alguien que nos subiera al Hornocal. Hicimos cálculos de las horas que íbamos a emplear y como nos encajaba, para allá que nos fuimos.

Lo más alto que hemos estado jamás

En realidad, fue mucho más fácil de lo que imaginábamos, ya que nada más bajar del colectivo de línea en la estación de buses de Humahuaca, nos abordaron unos lugareños preguntando si queríamos subir al Cerro de los 14 colores (¿sería por nuestra pinta de guiris?). Así que, tras pagar unos 10 € y esperar un ratito, nos acomodamos en un 4×4 que al momento salió de la población y enfiló un camino de ripio que empezó a estrecharse y a subir. La subida a la Serranía del Hornocal resultó una delicia, un poco traqueteante, eso sí. El camino ascendía entre pastos verdes donde retozaban las elegantes vicuñas salvajes (entendimos por qué su lana es la mas cara: a ver quien es el esforzado que sube hasta aquí a intentar esquilarlas…) y serpenteaba en curvas cada vez más pronunciadas. Y tras una hora de subida en la que alcanzamos los 4350 m.s.n.m, por fin llegamos.

El Cerro de los 14 colores. Una maravilla natural

Ante nosotros se extendía el maravilloso Cerro de los Catorce Colores. Una versión mejorada y ampliada del de Purmamarca ya que cubre toda la ladera de piedra de la serranía y sus formas en gigantescos dientes de sierra alternan un sinfín de colores. ¿14? Puede que sí, pero daba igual, no está uno ahí para contarlos. Tras un momento de éxtasis en el que dejamos que nos atrapara el consabido Síndrome de Stendhal, hicimos unas bolas de hojas de coca y dejamos el mirador para bajar hasta el final de un caminito que prometía buenas fotos.

El caminito infernal

Y así fue. Lo malo fue remontar ese mismo caminito tras la sesión de fotos resultó todo un suplicio. Nos habían advertido por la falta de oxígeno, pero subir esos 200 metros se nos hizo eterno y agotador, como si estuviéramos corriendo una maratón. Una curiosa y extenuante sensación. Por suerte no nos “apunamos” y no sufrimos el mal de altura. ¿Sería por no dejar de mascar coca en ningún instante?

Tras un rato más en el mirador sin movernos demasiado del sitio, volvimos al coche y deshicimos el trayecto hasta Purmamarca, donde un transporte nos dejó a las puertas del minúsculo aeropuerto de Jujuy. Y donde nuestra aventura por el NOA tristemente tocó a su fin. Un avión nos llevó a nosotros y a nuestras botellas de vino de Cafayate (En Argentina puedes transportar vino local en los vuelos internos) hasta el Aeroparque de Buenos Aires, donde aún apuraríamos nuestros últimos días en el país.

(si necesitáis una guía de Buenos Aires, podéis pinchar aquí)

3 comentarios en “Un paseo por el N.O.A.

  1. Avatar de Mila

    Menudo viaje increíble, si vuelvo a Argentina os pediré consejo 😉jajajajaja.

    Como siempre, muy bien contado

    gracias por compartir 😊🤗

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  2. Avatar de consejoalviajero

    Que lindo que anduviste por el NOA. Realmente tiene rincones mágicos por doquier para recorrer. Si volves por estos lares, no dudes en pasarte unos días por Tucumán! Tenemos muchos lugares muy bonitos también.

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