Nepal para no trekkers.

Dattatraya Square, en Bhaktapur

Hemos ido en: Octubre de 2022

Hemos estado: 9 días

Hemos visitado:

  • Kathmandú
  • Patan
  • Bhaktapur
  • Pokhara
  • Bandipur

Cuando pensamos en el Nepal, lo primero que se nos viene a la cabeza son los trekkings por las estribaciones del Himalaya, cordillera que recorre toda su frontera norte. Y en efecto, gran parte de los visitantes que llegan a este país lo hacen para enfrentarse a un trail (los hay para todos los gustos, duración o dificultad, desde el más básico de 2 o 3 días hasta la subida al campo base del Everest). Pero Nepal es un país fascinante más allá de las caminatas. Una cultura riquísima, una historia que pervive aún hoy en día y unas religiones tolerantes que conviven en total concordia, hacen que visitar este país sea una experiencia memorable. Y de esta manera y caminando lo justito, hemos recorrido parte de este apasionante país que los cursis calificarían como encrucijada de caminos y que a nosotros nos ha parecido el ombligo de Asia.

KATHMANDU

Al salir del pequeño aeropuerto internacional de Kathmandú, y tras unos trámites bastante farragosos para obtener el visado de 15 días, nos recibió la protagonista de nuestros días en Nepal: la lluvia, que en mayor o menor medida, nos iba acompañar durante todos y cada uno de los días que iba a durar el periplo. Tras descansar un ratito en el hotel del viaje de 5 + 7 horas, nos pusimos en marcha hacia la primera visita: el Templo de Swayambhunath, uno de los 7 lugares patrimonio de la UNESCO que existen en el Valle de Kathmandú.

Los ojos de Buda lo ven todo desde la estupa de Swayambhunath

También llamado el Templo de los monos por la cantidad de estos animales que pululan por el lugar, se trata de una impresionante estupa repleta de simbolismo que corona una colina al este de la ciudad. Tras subir unas cuantas escaleras jalonadas por templetes y miniestupas llegamos a la explanada que alberga la encalada estupa principal, coronada por el capitel con cuatro majestuosos rostros de Buda orientados a los cuatro puntos cardinales. La estupa principal está rodeada por templos dedicados a otras divinidades de la mitología budista y los fieles (y no tan fieles, nosotros mismos) dan vueltas haciendo rodar los molinos de meditación y caminando bajo las sempiternas banderitas de oración. Y nos encantamos ante las tremendas vistas de 360 grados sobre el valle de Kathmandú que ofrece esta atalaya.

Muchas banderas de oración en un bosque de Changunarayan

Unas curiosidades que aprendimos sobre estas famosas banderas: de origen tibetano, país con el cual Nepal comparte muchas costumbres, sus cinco colores representan los cinco elementos básicos de la naturaleza. En el centro de la bandera aparece un Lung Ta o caballo llameante, o un Buda, y a su alrededor distintas versiones de mantras rituales. Y se deben colocar siempre en diagonal, para simbolizar el puente entre el Cielo y la Tierra y siempre en el exterior, para que el viento las pueda agitar y repartan un buen karma.

Templos y vajanas en la Durbar Square

Tras una buena sesión de espiritualidad budista, nos dirigimos a la Plaza Durbar (Durbar significa «palacio», así que se pueden encontrar plazas Durbar en otras poblaciones), epicentro de la ciudad que alberga decenas de templos y palacios de la esplendorosa época Newar, que floreció en el S XVII. Muchos de ellos fueron severamente dañados en el terremoto que asoló el país en 2015 pero poco a poco se van reconstruyendo, en parte gracias a que el complejo es patrimonio de la UNESCO (sí, otro). Pasear por sus tres plazas y perdernos entre los fastuosos templos de Kasthamadap (significa «casa de madera» y dio nombre a la ciudad) o de Krishna, caminar a lo largo de las murallas del Palacio del Gobernador, admirar los grandes tambores o la gigantesca campana de llamada, impresionarnos ante la amenazante figura del dios Hanuman en su templete, divertirnos ante las explícitas tallas del templo del Kamasutra, o intentar que nos recibiera la Kumari en su palacio (imposible por las colas, pero su atrio central es bellísimo) nos llevó buena parte de la tarde, así que dimos por acabada la jornada y nos dirigimos al hotel a descansar. (Para los que no les suene, la Kumari Deví es una niña a la que los nepalíes consideran una diosa en vida y que vive toda su infancia en su palacio, colmada de atenciones, hasta que le sobreviene su primera menstruación; en ese momento la diosa emigra de su cuerpo y hay que sustituirla por otra niña. Así va la cosa.)

Una nota curiosa: en las tres entradas principales de Durbar hay unas garitas que cobran entrada al visitante. Obviamente, uno puede hacerse el listillo y callejear un poco para entrar por un callejón sin ser visto, pero el precio es ínfimo (150 rupias, alrededor de 1 eur) y contribuye a la reconstrucción de tan espléndido lugar.

Ritos funerarios a orillas del marronoso Bagmati

Al día siguiente nos esperaba una experiencia sobrecogedora. Se trataba del complejo religioso de Pashupatinath. Aparte de ser uno de los lugares de peregrinación más importantes de la comunidad hindú, lo que nos impresionó fue ver los ritos funerarios: a orillas del contaminado Río Bagmati, que los hindús consideran sagrado ya que vierte sus aguas en el Río Ganges, se emplazan numerosos ghats o piras funerarias donde los familiares incineran al aire libre los cadáveres de sus fallecidos. Pudimos ver desde los miradores elevados en la otra orilla del río (¿destinados a presenciar el rito? puede que sí) un par de cadáveres amortajados ardiendo antes de que sus cenizas fueran vertidas al turbio río. Una visión bastante impresionante. En cuanto al bullicioso complejo religioso, pudimos callejear por él y admirar la fastuosa puerta del Templo de Shiva, que no se puede visitar si no eres hindú (aunque muchos turistas lo intenten en vano)

EL Toro espera a Shiva a la entrada de su templo en Pashupatinath

Otra nota curiosa: el panteón hindú es tan amplio que a veces se hace casi imposible saber a qué dios está dedicado cada templo. Hay un truco: fijarnos en el animal que se representa esculpido ante la puerta, o encima de un pedestal o columna, ya que cada dios tenía su animal de transporte particular o vajana que «dejaba aparcado» en la entrada. Y no falla. Así, si vemos un toro, el templo siempre está dedicado a Shiva; si está Garuda el hombre-pájaro, será de Vishnú; si hay una rata, el templo será de Ganesha; si hay un león, estará dedicado a la diosa guerrera Durga; o si vemos un elefante aparcado, el dueño del templo es Indra.

Bailando tras la lluvia

Un poco sobrecogidos por los ritos funerarios del complejo Pashupatinath y bajo una persistente lluvia, nos fuimos a visitar otro complejo religioso, en este caso budista. Se trataba de la gigantesca Estupa Boudhanath, que es un importante centro de peregrinación de los budistas tibetanos en Nepal (y de los turistas) ya que se encuentra situada en la antigua ruta comercial que unía India y el Tíbet. Tal es así que en el patio que la rodea se asentaron refugiados tibetanos y afloraron pequeños monasterios budistas, hoy vecinos de comercios de artesanía y pequeños cafés y hoteles. Era tal la lluvia que estaba cayendo que nos refugiamos en uno de ellos, un centro de pintura de mandalas donde, obviamente, picamos y nos compramos uno (no sin antes regatear lo reglamentario). A la salida del centro, la lluvia había aflojado y pudimos admirar la estupa, la mayor de Nepal en su estilo. Como en todas las estupas budistas del Nepal, en la torre que apunta al cielo pudimos admirar la clásica representación de los Ojos de Buda mirando a los cuatro puntos cardinales (símbolo de su omnisciencia), el tercer ojo (símbolo de la sabiduría) y la «nariz», que en realidad es un número uno en sánscrito y que simboliza la unidad de los budistas.

PATAN

Tras comer y descansar un rato en el hotel, por la tarde tocaba visita a Patán, actualmente conocida como Lalitpur y antaño una de las tres ciudades-estado independientes del Valle pero hoy prácticamente integrada al casco urbano de Kathmandú, cuyo centro histórico es (otro) lugar declarado patrimonio de la UNESCO. La Durbar Square de Patán nos pareció una maravilla, con impresionantes templos, palacios, torres y fuentes allá donde mires y a los que la lluvia daba un toque mágico (el que no se consuela es porque no quiere). El edificio principal es imponente Palacio Real, y a él nos dirigimos, ya que es totalmente visitable.

La modesta bañera de los reyes

El Palacio se compone de tres patios o Chowk , cada uno rodeado por unas galerías que compiten en ornamentación de sus vigas y dinteles de madera con mil y una figuras de dioses y personajes mitológicos. En el centro de los patios pudimos admirar bonitos templetes y una curiosa fuente de piedra llamada Tusha Hiti, el Baño Real donde se bañaban los soberanos de la dinastía Malla del S XVII. Increíblemente labrada con decenas de dioses y serpientes alrededor que simbolizan el agua, todo el mundo hacía cola para posar para la foto.

Elefantes, templos, nativas y mucha lluvia en Durbar Sq.

Pero lo realmente interesante es el Museo de Patán, que alberga una de las galerías del palacio. Nos perdimos un buen rato admirando la increíble cantidad de piezas que contiene (figuras de todo tipo, tallas en madera, columnas, vigas, estelas, y un montón de hallazgos arqueológicos del valle), y en el que aprendimos muchas cosas acerca de la cultura y la religión nepalí. Y aún quedaba el «stendhalazo» del día, ya que la salida del museo desembocaba en una escalera de piedra entre leones petrificados que te enfrentaba de repente a los tres templos de Vishnu, Garuda y Krishna de la plaza Durbar a la caída del sol. Impresionante.

Cuencos, cuenquitos y cuencazos

Tras el paseo por Patan, nuestro guía nos llevó a una de estas visitas – trampa (consentida, eso sí) como fue un taller de los famosos cuencos tibetanos, en donde aprendimos un montón de cosas sobre esos artilugios. Resulta que pueden ser de meditación o terapéuticos, que los hay hechos a máquina (baratos), a mano (más caros) o a mano en noche de luna llena (los más caros), que están hechos de una aleación de hasta siete metales, que hacen falta un millón de martillazos para modelar un cuenco mediano, que los hay para ponerse en la cabeza para curar las cefaleas… o que bien tocados, pueden hacer vibrar el agua que pongamos en su interior como si estuviera hirviendo. ¡Qué cosas!

Los redactores en plena cata de cerveza nepalí

Después de tantas emociones, ya de vuelta en el hotel se imponía una cervecita mientras comentábamos la jugada, y así lo hicimos junto a nuestros compañeros de viaje. En Nepal tienen muchas y muy buenas cervezas como la Everest, la Yeti, la Mustang o la Nepal Ice. Pero las más extendidas son la Barashinga, con un sabor más herbáceo y la Gorkha, de tipo lager, y que fue la que más nos gustó, y que además, se sirve en importantes botellas de 75 cl, que resultan perfectas para el final de una intensa jornada.

BHAKTAPUR

Al día siguiente, tras desayunar en el hotel, tocaba otra visita de las grandes del viaje. Se trataba de un recorrido por el centro de la ciudad de Bhakhtapur (en sánscrito: ciudad de los devotos). Se encuentra a unos 15 Km del centro de Kathmandú y como la capital y Patán, esta población es una de las tres ciudades – reino históricas del valle y, para nuestro gusto, la más impresionante en cuanto a arquitectura de las tres.

Dattatreya con los guerreros Malla custodiándolo

El microbús nos dejó en el aparcamiento al lado del colonial edificio del gobierno local, y nos dirigimos hacia la primera de las plazas, Tachupal Tole o Dattraya Square a través de empedrados callejones medievales, muchas de cuyas casas de ladrillo rojo acusan hoy en día los devastadores efectos del terremoto de 2015 y que a veces están apuntaladas o se levantan entre montones de cascotes. Dattraya Square fue la primera plaza mayor de la ciudad y sede del primer gobierno real del reino de Bhaktapur y, como tal, es la más antigua. Resultó evocador sentarse a contemplar los palacios y templos, como el delicado Templo de Dattatreya, que cierran tres de los lados de esta preciosa plaza, hoy habitada por bonitos cafés y tiendas de artesanía local y de venta de especias y tés.

El gigantesco templo de Nyattapola

Confieso que no estábamos preparados para lo que nos esperaba en la segunda plaza, Taumadhi Tole. Y es que tras bajar por un estrecho callejón con tiendas de artesanía, desembocamos de repente en la plaza. Y ante nosotros se levantaba imponente el Templo de Nyatapola, el más alto de todo Nepal, con sus cinco plantas y cinco plataformas y su arquitectura perfecta. Es tan impresionante que hace que el resto de los bonitos templos que completan la plaza pasen desapercibidos. Al templo de Nyatapola se puede subir escalando sus vertiginosas escaleras guardadas por esculturas de piedra que representan la fuerza y la sabiduría, y la vista que se domina desde la primera terraza es magnífica, pero tuvimos algún que otro problemilla para bajar y llegar de una pieza.

Nota curiosa. Como tantos otros templos de Nepal, este está cerrado y prohibido el acceso al interior para evitar posibles robos (los ladrones hacían fotos de los objetos y las colgaban en Internet para recibir ofertas de coleccionistas e ir a robarlo después), pero aquí además existe la leyenda que el ídolo que representa a la diosa Parvati es tan aterrador que sólo pueden verlo los sacerdotes sin volverse locos.

Las filigranas de la Puerta Dorada dan acceso al Palacio real

Tras visitar la recoleta Plaza de los Alfareros y sus talleres, nos dirigimos hacia la mayor de las tres plazas (que de hecho son dos espacios unidos) y decididamente la más imponente, Durbar Square. Se trata de un inmenso recinto que alberga numerosos templos y palacios y por el que estuvimos vagando un buen rato. Impresiona pensar que este recinto estuvo en su día aún más poblado de edificios, pero los últimos terremotos derribaron muchos de ellos (de hecho se pueden ver bastantes edificios derruidos totalmente o en parte; es curioso ver a veces escaleras que no van a ningún sitio o columnas que no aguantan nada) . Uno de los rincones más bonitos son los patios y estanques del Palacio Real a los que se accede a través de la famosa Puerta Dorada, un delicado ejemplo de la maestría de los artesanos de la Dinastía Malla del S XVII en el repujado del metal.

El pequeño templo de los dentistas en Asan Tole

Tras la espectacular recorrido por Bhaktapur Volvimos a Kathmandú a comer y dedicamos la tarde a perdernos por el bullicioso barrio de Thamel. Se trata del área que se extiende al norte de Durbar y que es un dédalo de calles, callejones y callejuelas por las cuales es facilísimo extraviarse (y más dado que en Kathmandú, las calles no tienen nombre salvo las principales). Es el barrio mochilero de la ciudad y como tal, está plagado de tiendas de souvenirs y de artículos de montaña así como de hostales y guest houses. Pero también se pueden descubrir pequeños templos escondidos y curiosos lugares como el bullicioso cruce de Asan Tole, antiguo punto de salida de las caravanas al Tíbet. Acabamos la tarde tomando unas cervezas en Freak Street, antigua calle de los hippies que nos dijeron que era una suerte de Kaosan Rd. de Bangkok, pero estaba bastante de capa caída y nos quedó claro que había conocido tiempos mucho mejores.

POKHARA

El verde de la montaña y el marrón del río que nos acompañó en el viaje

A la mañana siguiente nos despertamos prontito ya que íbamos a ir a Pokhara en bus. La distancia es de 200 km y nos dijeron que normalmente se completan en 6 u 8 horas, así que calculamos que llegaríamos a media tarde. Qué ilusos… Nada más salir de KTM y enfilar las primeras estribaciones que tomaba la carreterita de 2 carriles, nos dimos cuenta que las estimaciones eran muy optimistas. Y efectivamente, aparte de un tráfico infernal entre grandes camiones, autocares y minibuses de transporte, coches particulares y miríadas de motos que competían en completar el adelantamiento más arriesgado (nuestro conductor incluido) cada pocos kilómetros sufríamos una retención por desprendimientos o por accidente que dejaban un sólo carril practicable. Total, que al final fueron 11 horas de trayecto que, aderezados con un final de carretera completamente amenizado por continuos baches que nos aflojaron los empastes, hizo del viaje una experiencia digamos que interesante. Eso sí, el impresionante paisaje de escarpadas montañas, verdes terrazas de arroz y valles recorridos por ríos por los que los aficionados practican rafting o piragüismo de aguas bravas ayudó bastante a amenizar el infernal trayecto.

Pokhara es una ciudad que poco o nada tiene que ver con Kathmandú. El hecho de ser puerta de salida para todo tipo de trekkings hacen que sea una versión del barrio de Thamel de KTM pero mucho más lúdica y relajada. Su calle principal, Lakeside, es una bonita avenida que bordea el lago Phewa Tal y que está abarrotada de tiendas de artículos de montaña, y artesanía una detrás de la otra, alternadas por coquetas cervecerías y restaurantes. Los que nos advirtieron que esperáramos a Pokhara para hacer nuestras compras no nos aconsejaron mal.

Pagoda y niebla. Difícil ver el amanecer así

La primera visita del día era obligada: ver amanecer desde la Pagoda de la Paz Mundial, un templo sintoísta regalado por Japón y construido en la cima de una colina a la que se accede tras subir un buen número de escaleras. Y es que ver salir el Sol entre las estribaciones de los Annapurna, montes de 7000 y 8000 metros, resulta inolvidable… según dicen, ya que la mañana amaneció con una densísima niebla que no dejaba ver más allá de nuestras narices. Otra vez será. Pero la visita al templo valió la pena. Bajando de la colina visitamos las furiosas Cascadas de Devi mientras nos explicaban la (apócrifa) leyenda que le da nombre, y la calurosa Cueva de Gupteshvor, con su pequeño templo en el interior y que acumula tanta humedad que resultó un tanto fatigante remontar las escaleras de salida.

Recibiendo la bendición de Vishnu poco antes de desbendecirnos.

Antes de comer, y tras visitar un vertiginoso puente tibetano que se extendía 300 metros a través de un barranco de 150 m de caída, completamos la otra actividad «obligatoria» en Pokhara, que fue montar en una de las coloridas barquitas de remos que llaman doongas guiada por un paisano para atravesar el lago y llegar al templo Varahi Mandir, que se levanta en una pequeña isla en el centro del Phewa Tal. Por lo que nos contaron, las vistas de los Annapurnas tras la ciudad reflejándose en las aguas del lago son épicas, pero otra vez la dichosa niebla nos privó del espectáculo. Otra vez será. En cambio el paseo por el recinto del templo, en plena celebración hindú, resultó interesante. Un santón nos bendijo poniéndonos unas pulseras de hilo por la voluntad, pero resultó que al acabar, protestó ya que quería cuatro veces la voluntad que nos habían aconsejado pagarle y nos desbendijo.

Momos y Daal Bhat

Dedicamos la tarde a pasear por el agradable Lakeside Road y ultimar las compras tanto de los encargos y souvenirs correspondientes (cuencos tibetanos, idolitos, banderas de oración…) como de ropa técnica de montaña, que venden a un precio extraordinariamente barato ya que obviamente son imitaciones pero de buena calidad. En cada tienda que entrábamos nos preguntaban si estábamos preparando un trekking y al final, cansados de desmentirlo, fuimos diciendo que sí, que al día siguiente partíamos hacia el ABC (Annapurna Base Camp), el trail más popular de los que salen de Pokhara. Debemos tener cara de senderistas. Y para cenar, tras tomar unas Gurkhas en una terraza con vistas al lago, decidimos seguir la recomendación que nos habían hecho y comer en un bonito restaurante los platos más clásicos de Nepal: momos (las famosas empanadas de verduras, cerdo o cordero) y Daal Bhat, el plato combinado de arroz, lentejas y platillos varios, algunos de ellos picantes, que se come con tortas de pan. Nos encantaron.

DE POKHARA A KATHMANDU

Una callejuela de Bandipur

Al día siguiente tocaba volver a Kathmandú por el mismo medio y trayecto que a la ida, así que nos armamos de paciencia y nos montamos en el microbús resignados a pasar el día de bache en bache. Pero para nuestra sorpresa, el camino de vuelta fue mucho mejor que el de ida. Ya fuera porque ya éramos veteranos de la ruta, o porque tardamos (sólo) 9 horas e hicimos una interesante parada. Se trató de la pequeña villa de Bandipur, un encantador pueblecito enclavado en la cresta de una majestuosa montaña cuya calle principal conserva intacto el aspecto medieval del S XVI ya que la mayoría de las casas abandonadas han sido restauradas y dedicadas a agradables guest houses o a pequeños restaurantes con unas tremendas vistas en sus partes traseras. Salvando las distancias, parecía que hubiéramos entrado de golpe en un pueblecito alpino europeo.

Reñida partida de carrom board entre jovenes de Changu

El día siguiente iba a ser el último del viaje e íbamos a disponer sólo de una mañana en KTM. Nuestro guía nos llevó a hacer un hike facilito, de 6 km, que discurría desde las afueras de Bhaktapur hasta el pueblo de Changu. El camino que atraviesa el bosque, el que seguimos, es la que utilizan los habitantes del pueblo para bajar a la ciudad, y según nos explicó el guía, es popular entre los habitantes de Kathmandú para salir del abigarrado centro ubano y respirar un poco de aire puro. Fué muy interesante atravesar el pueblo y ver los quehaceres cotidianos de sus habitantes, nada impostados como puede suceder en otros pueblos «típicos» a los que llevan a los turistas de visita.

Criaturas mitológicas guardan las puertas del templo de Changunarayan

Pero el premio gordo de la jornada fue la visita al impresionante templo de Changu. Situado en la parte más alta del pueblo, en la cresta de la montaña, se trata del templo hindú más antiguo del Valle de Kathmandú y, cómo no, patrimonio de la UNESCO. Changu Narayan es, en sí, un museo al aire libre. Todo el exterior del recinto está plagado de figuras, estatuas sagradas y bestias reales o mitológicas, y el pequeño templo mismo es una maravilla gracias a sus tallas en madera o al repujado de sus puertas doradas (tampoco se puede visitar el interior o fotográfiarlo). Desgraciadamente, el maldito terremoto de 2015 lo dañó seriamente y cuando lo visitamos estaba en pleno proceso de reconstrucción, pero eso no nos impidió disfrutar del recogimiento de tan solemne lugar, aunque fuera entre andamios de bambú.

Y nuestro viaje tocaba a su fin. De vuelta al hotel nos preparamos para un largo viaje de vuelta a casa al día siguiente, que se vería amenizado con una parada express en la majestuosa Estambul. Ahí nos pudimos extasiar ante las maravillas del Suleimaniye y prometimos solemnemente una próxima visita como esta espectacular ciudad se merece. En cuanto a Nepal, seguro que volveremos para visitar los sitios que no pudimos ver como Lumbini o el Valle del Langtang, pasar unos días más en Pokhara a ver si se va la niebla, explorar a fondo el Valle de Kathmandú y, ¿por que no, un trekking al ABC?

2 comentarios en “Nepal para no trekkers.

  1. Avatar de Noemí

    Me ha encantado.
    Me habéis hecho imaginar que yo también he estado allí.
    Gracias ☺️

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  2. Avatar de Milagros Jimeno Blazquez
    Milagros Jimeno Blazquez 6 noviembre, 2022 — 9:54 pm

    Me dan unas ganas de viajar cada vez que leo estos relatos jeje, me parece un destino muy interesante, como siempre, gracias con compartirlo con nosotros.

    Le gusta a 1 persona

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