Guía de Estambul

La elegante mezquita Nuruosmaniye es la puerta de entrada al Gran Bazar

Estambul. Ya sólo el nombre es evocador, ¿verdad? como lo son otros nombres de ciudades como Samarcanda, Mandalay, Pondicherry o Timbuctú, por ejemplo. Y es que pocas ciudades pueden competir con ésta en cuanto a historia, cultura y tradiciones. Los cronistas cursis te dirán eso del «crisol de culturas» o la «encrucijada de caminos», no falla, pero en el fondo tienen razón. Por aquí han pasado decenas de civilizaciones y la ciudad ha sido capital de imperios desde los antiguos griegos hasta los otomanos en el S XX. Y todos ellos han dejado su impronta.

Estambul es una ciudad bulliciosa, vibrante y de contrastes, donde puedes pasar en cuestión de minutos de sufrir las riadas de turistas aborregados en Sultanahmet a disfrutar de un tranquilo café en un pintoresco y solitario barrio como Çukurkuma o Fener. Este contraste nos marcó, ya que a pesar de que nos encantó la ciudad, nos horrorizó lo masificada que está en ciertos sitios concretos y cómo se esta venciendo al turismo de masas. ¿Perderá Estambul su maravillosa identidad en aras de satisfacer al visitante? Esperemos que no cometa el mismo error que están cometiendo ciudades como Barcelona o Roma.

La Mezquita azul de noche cambia su aspecto

Estambul son sus gigantescas mezquitas, como Sultanahmet o Suleimaniye, pero también las más pequeñas y bonitas como la de Rustem Pashá o la de Ortakoy. Es una ciudad que vive volcada al mar, ya sea el Bósforo, el Mármara o el Cuerno de Oro. Son sus evocadores palacios, como Dolmabahce, Baylerbeyi o las antiguas embajadas de Kabatas, o el gigantesco complejo de Topkapi. Es su tremenda e intrincada historia, plasmada por ejemplo en Santa Sofía y sus decenas de transformaciones. Y, sobre todo, es su vida callejera en los bazares, sus tiendas abiertas a la calle, sus cafés o sus barrios, cada uno con una fuerte personalidad propia. ¡Y sus gatos callejeros!

Nosotros escogimos para nuestros días en la ciudad un hotelito en la zona entre el hipódromo y el Gran Bazar. Hay cientos en estas callejuelas, para todos los gustos y presupuestos y es un barrio bien comunicado para tenerlo de campamento base. Pero también son buenas zonas para hospedarse la que se extiende al sur de la Mezquita Azul, más bulliciosa, o a lo largo de la orilla sur del Cuerno de Oro, mucho más tranquila.

Este fue el plan que diseñamos para visitar la ciudad:

DÍA 1: SULTANAHMET (CENTRO)

Hipódromo – Mezquita Azul – Sultanahmet – Palacio de Topkapi – Cisterna de Yerebatán – Santa Sofia

DÍA 2: BAZARES, SULEIMANIYE, MUELLE DE EMINONOU Y BARRRIO DE FENER

Columna Çemberlitas – Gran Bazar – Suleimaniye – Barrio Eminonou – Bazar de las especias – Mezquita Rustem Pasha – Muelle Eminonou – Puente Gálata – Barrios de Fener y Balat

DÍA 3: NAVEGANDO EL BÓSFORO Y EL NORTE DEL GOLDEN HORN

El Bósforo, – Palacio Dolmabahçe – Palacio baylerbeyi – Mezquita de Ortakoy – Fortaleza de Rumeli – Kiz Kulesi – Barrio Kabatas y Torre Galata – Barrio Galata – Barrio Çukur Kuma – Ishtikal Kadesi y Plaza Taksim

DÍA 4: LO QUE NOS FALTABA POR VER EN EL CENTRO

Pequeña Aya Sofia – Serefiye Sarniçi – Pequeño bazar Arasta

Dia 1: SULTANAHMET

Hipódromo

El obelisco del hipódromo, punto de reunión ciudadana

El centro neurálgico de la ciudad es, sin duda, el Hipódromo. Está ubicado en el área de Sultanahmet, en el corazón del casco antiguo de la ciudad y al oeste de la gran mole de la Mezquita Azul. Es punto de reunión del turisteo y punto de salida de los grupos de tours Fue construido en el siglo III d.C. por orden del emperador romano Septimio Severo y expandido en el S IV por Constantino el Grande, cuando la ciudad se convirtió en la capital del Imperio Romano de Oriente y se renombró como Constantinopla. Durante el período bizantino, el hipódromo fue el centro de la vida pública y política y se usaba principalmente para carreras de carros de caballos además de ser lugar de celebraciones, ceremonias y manifestaciones políticas

Aunque la mayor parte del hipódromo original ha desaparecido y sólo la forma del espacio nos evoca el antiguo recinto, algunos monumentos han llegado hasta nuestros días, como el Obelisco de Teodosio,Un antiguo obelisco egipcio traído desde el templo de Karnak por el emperador Teodosio I en el siglo IV y que es un clásico punto de reunión de locales y turistas, la curiosa Columna Serpentina, procedente del Templo de Apolo en Delfos, o la Columna de Constantino, también conocida como la Columna de Piedra

El conjunto lo domina desde el lado sur el imponente palacio de estilo otomano tardío de la Universidad de Mármara, la segunda más importante del país. Antiguamente fue una importante madrassa y cuando estuvimos nosotros estaba en obras, por lo que no lo pudimos visitar.

Mezquita azul

El apabullante interior de la Mezquita

Después de dar una vuelta por el Hipódromo, nos dispusimos a visitar uno de los iconos de la ciudad: La superlativa Mezquita Azul. Tras descalzarnos como es imperativo en todas las mezquitas y cubrirse la cabeza las chicas, accedimos al inmenso espacio interior. Dividido en dos, para el rezo y para las visitas, sus apabullantes dimensiones, sus gigantescas columnas, su inmensa cúpula de 23 m de diámetro, su gigantesca lámpara central que parece flotar sobre las cabezas de los fieles, y lo intrincado de sus decoraciones transmiten fielmente lo que se pretendía en su construcción: simbolizar el poder del imperio otomano, en su mayor esplendor en el siglo XVII. Pasamos un rato en el patio desde donde se puede ver cómo las cúpulas se montan unas encima de las otras a modo de arquitrabes, y paseamos por las elegantes galerías columnadas que dan paso a las salas de estudio del Corán.

Esplanada de Sultanahmet
Vendedor de mazorcas y, por la estación, de castañas

Entre la Mezquita Azul y Santa Sofía se extiende la gran Esplanada de Sultanahmet. Esta extensión natural del hipódromo antes mencionado está siempre plagada de turistas, locales en tránsito, puestos de castañas o mazorcas, y todo tipo de vendedores ambulantes que te ofrecen comprar lo más variopinto, autobuses turísticos, paseantes, o gente que simplemente echa el día. En una visita a la ciudad, pasaréis sí o sí por este pintoresco espacio varias veces y es divertido sentarse en uno de sus bancos un ratito a ver la vida pasar, como hicimos nosotros en un par de ocasiones.

Palacio de Topkapi

La puerta de entrada a los patios

Tras la mole de Santa Sofía, en el cabo natural y elevado que divide el Bósforo y el Cuerno de oro, se extiende el inmenso Palacio de Topkapi. Se trata sin lugar a dudas de uno de los sitios históricos más fascinantes de Estambul. El Palacio fue el centro político y administrativo del Imperio Otomano durante casi 400 años. Es un lugar cuya visita creemos que resulta obligatoria por la belleza del espacio y de sus pabellones, por la historia que te rodea y te impregna y por ser uno de los puntos con unas mejores vistas de la ciudad sobre el Bósforo y el Cuerno de Oro (Estos sultanes sabían lo que hacían). Aunque hay un pequeño problema: el precio que desde hace unos años están cobrando, más de 50 € la entrada simple sin la visita al harén (que se paga aparte), nos pareció un tanto abusivo, pero aún así entramos. Ya que estábamos ahí…

Kiosco del segundo patio, el de la corte

Y no nos decepcionó. Construido por el gran Sultán Mehmet II en 1460, tras la conquista de Constantinopla, el complejo se estructura en una serie de patios que se van sucediendo y que se dedicaban a usos varios. A medida que atravesamos sus fastuosas puertas los fuimos descubriendo: el Primer Patio o el de los Jenízaros, incluye la Iglesia de Santa Irene y varios edificios administrativos. En el Segundo patio, el que en su momento sólo podía pisar la corte, visitamos el Diván, o sala de conferencias de los visires, y nos saltamos el Harén, ya que había que pagar 28 € más. En el tercero, de características más privadas, nos maravillamos por la perfección de las decoraciones geométricas de los azulejos en pabellones como la biblioteca o el hospital. Y el cuarto patio, de uso exclusivo del Sultán y su familia, es el que tiene las vistas más espectaculares aparte de magníficas terrazas y pabellones perfectos como el Pabellón de Bagdad. Y tras la larga visita del Palacio atravesando todos sus patios y visitando los pabellones a conciencia, fue una gozada relajarse en las terrazas con las vistas al Bósforo y al Cuerno de Oro


Un paréntesis: Gözleme

Al rico gözleme

Tras tanta visita, nos plantamos en la hora de comer. Y decidimos probar el plato típico por antonomasia no ya sólo de Estambul, sino seguramente de toda Turquía, el gözleme. Y para ello fuimos a un restorán que, con un poco de show, eso es cierto, lo preparaban unas señoras a la vista del comensal sobre unas planchas semicirculares. Se trata de unas finas obleas de masa, dobladas como si fueran un bolsillo y rellenas de queso, espinacas, carne o champiñones (o de una combinación de ellos). Sencillo, ¿verdad? pero nos resultaron deliciosos y, con algunas variaciones regionales, los comimos varias veces más en nuestro viaje por Turquía.



Cisterna Yerebatán

La fantasmagórica cisterna.

La Cisterna de Yerebatán (Yerebatan Sarnıcı), también conocida como la Cisterna Basílica, es uno de los monumentos más impresionantes y visitados de Estambul. Esta antigua cisterna subterránea es famosa por su grandiosa arquitectura y su importancia histórica como parte del sistema de abastecimiento de agua de Constantinopla durante el Imperio Bizantino. Y para allá que nos fuimos después de comer. Pero al llegar nos llevamos un buen susto al comprobar la tremenda cola que había montada para acceder. ¡Y pensar que quince años atrás, en un anterior viaje a la ciudad la habíamos visitado casi solos! Pero por suerte había bastante gente en taquilla y la espera fue relativamente corta. Bajamos por la estrecha escalera que desciende hasta la base de la cisterna con cuidado, ya que estaba mojada a causa de la tremenda humedad para perdernos en el bosque de columnas. La iluminación que juega con las sombras y los reflejos en la fina capa de agua que se mantiene en el fondo de la cisterna nos resultó fantástica, y admiramos la curiosa columna de la medusa (una cabeza en la base montada cabeza abajo) o la columna llorona, decorada con pequeñas gotitas. Lo que no nos gustó en absoluto es una exposición de objetos raros plantados en el agua que nos difuminó un poco la extraordinaria belleza del lugar, pero bueno, se les perdona.



Santa Sofía

La imponente mole de Santa Sofía, hoy mezquita

Para completar el primer día ya sólo nos quedaba una visita, pero qué visita. Posiblemente, la mezquita de Santa Sofía (Ayasofya en turco) sea uno de los edificios con más historia de todo el mundo. Inaugurada en el siglo VI como basílica cristiana bajo el reinado de Justiniano, ha sido también iglesia ortodoxa, mezquita, museo laico y desde 2020 mezquita de nuevo. El nombre de Santa Sofía viene del griego Hagia Sophia y hace referencia a la santa sabiduría de Jesús, no busquéis a ninguna santa. Nos habíamos acercado a ella durante el día, pero las tremendas colas para comprar la entrada no hacían presagiar nada bueno, así que lo dejamos para última hora. A la caída de la tarde ha no había prácticamente cola (tomad nota por si planeáis una visita) y pudimos acceder casi al momento a una de las maravillas más impresionantes que hemos visitado.

La nave central desde la tribuna frontal. Impresiona.

El interior del edificio resulta un espacio abrumador, ya que su inmensa cúpula parece flotar a más de 50 metros de altura. Las columnas de mármol verde, las gigantescas arañas, la suntuosa alfombra y los medallones con los nombres de Alá y los profetas completan el majestuoso conjunto. La pena es que tuvimos que visitarlo desde las galerías superiores ya que desde hacía poco (fuimos en octubre 2024) la planta está reservada a los musulmanes para la oración. Y que tuvimos que adquirir entrada, algo novedoso ya que en visitas anteriores habíamos entrado sin pagar. Otro efecto de la sobreexplotación del turismo, sin duda.

La visita a Santa Sofía se complementaba con una «experiencia inmersiva», tan en boga en estos tiempos, que… bueno. Digamos que si os la saltáis no pasa nada.

Entre Santa Sofía y Topkapi se encuentra el Museo Arqueológico. Se trata de uno de los museos más importantes del mundo dedicados a la arqueología ya que alberga innumerables piezas que abarcan desde los asentamientos griegos hasta el arte otomano. Lamentablemente no lo visitamos ya que la visita exigía pasar una mañana entera. Pero siempre hay que dejarse cosas.

Dia 2: BAZARES, SULEIMANIYE, EMINONOU Y FENER

Çemberlitas Sutunu

Una columna con historia

Para el segundo día de nuestra visita por Estambul habíamos programado una vuelta por los barrios del sur del Cuerno de oro, así que nos dirigimos hacia el Gran Bazar. Vimos que distaba unos 20 minutos a pie del Hipódromo, nuestra base de operaciones, por lo que decidimos hacerlo a pie. Buena decisión porque así pudimos admirar la curiosa Çemberlitas Sutunu o Columna de Constantino. Se trata de una columna erigida en el año 330 d.C. por el Emperador Constantino el Grande para conmemorar la declaración de la nueva capital del Imperio Romano. Milagrosamente aguanta de pie con algunas ayudas, como la base de piedra que la sostiene o las abrazaderas de hierro que se le añadieron para reforzarla en el Siglo XII y que le dan nombre (Çemberlitas: piedra con aros). La coronaba una estatua de Constantino representado como el dios Helios, destruida por un rayo en el S XII. Lástima; seguro que era imponente en su forma original.

Al otro lado de la plaza se levanta la elegante Mezquita Nuruosmaniye. No la visitamos, pero la imagen de la mezquita con sus tiendas y cafés al pie nos resultó muy pintoresca. La plaza que presiden estos dos monumentos es donde se agrupan los comerciantes de oro y metales preciosos, por si necesitáis hacer compras al respecto.

Kapali Çarsi (Gran Bazar)

Músicas por un día

Y llegamos a una de las visitas que en Estambul están marcadas en rojo, el Gran Bazar, en turco Kapali Çarsi Es, quizás, la mayor atracción de la ciudad si nos fijamos en el numero de visitantes. Inaugurado en el siglo XV, es el mayor mercado cubierto de Europa, con más de 60 calles interiores y alrededor de 4000 locales donde se vende de todo: joyería, ropa, alfombras, lámparas otomanas, artesanía local (probablemente llegada de países asiáticos) y souvenirs más o menos turcos. Nos dio la impresión que los mejores días de este solemne mercado ya habían pasado y que había dejado paso, en cierto modo, a la impostura reinante en el turismo globalizado. Pero aún así, pasear por esos inacabables pasillos abovedados admirando cúpulas y arcos y tomar un té en alguna de sus esquinas dejándote envolver en el ajetreo tiene aún su aquél.

(nota práctica. es muy fácil perderse en este gigantesco bazar, así que lo más práctico es tener en cuenta por dónde hemos entrado y planear con antelación por cuál de las fachadas queremos salir. A partir de ahí, seguir el trazado ortogonal y no perder las calles principales del mercado.)

Suleymaniye Camii

La apabullante mezquita de Soliman

A pocos metros del bazar hacia el oeste, y en la cima de una de las siete colinas de la ciudad, se levanta el que a nuestro parecer es el lugar más impresionante de Estambul. la Suleymaniye Camii. Se trata de la obra maestra del arquitecto Sinan para mayor gloria del Sultan Soleiman El Magnífico. Construida en 1550 es una impresionante mole de 70 metros de lado y con una apabullante cúpula que se levanta más allá de los 50 metros. Y lo mejor de todo es que los turistas de cruceros y de los grandes éxitos apenas se acercan a disfrutar de esta maravilla, con lo que la pudimos visitar sin las aglomeraciones de Sultanahmet.

El cementerio de los nobles

La mezquita no es sólo su tremendo interior y su precioso patio de las madrassas. A su alrededor se puede pasear por el cementerio de la familia y los nobles. con sus estilizadas estelas o sentarte ante los delicados pabellones mausoleos del Sultán y de su favorita Roxelana. Y las vistas desde sus terrazas al cuerno de oro y a la colina de Gálata al otro lado son bastante impresionantes. Y una curiosidad: esta mezquita tiene cuatro minaretes, caso bastante excepcional, porque está dedicada a Soliman, que fue sultán: 2 minaretes de premio, y califa, esto es, líder del Islam por lo que te ganas dos minaretes más.

Barrio entre bazares

El bullicioso barrio entre bazares

Nuestro siguiente punto a visitar era el Bazar de las especias y para llegar a él atravesamos el barrio de Eminönou, en el distrito histórico de Fatih. Nos gustó pasear por este barrio porque el bullicio era esta vez de los compradores locales que se agolpan a mercadear en las tiendas abiertas a la calle, toman un café en precarias sillas de enea o adquieren menaje de cocina de todo tipo, en tiendas de plásticos o en ruidosos talleres de objetos de cobre. Pero sin duda nuestras tiendas favoritas fueron las de quesos, de todo tipo y variedad y apilados en inmensos montones que te cazaban por el olor y la vista.

Misir Çarsisi (Bazar de las especias)

Festival de olores y sabores

Y de golpe nos encontramos en la puerta del segundo bazar tradicional de la ciudad, el Bazar Egipcio o de las especias. Hay que decir que nos gustó mucho más que el Gran bazar, en primer lugar porque es mucho más pequeño, bonito y abarcable (son sólo dos calles que se cruzan en una elegante plaza central decorada con hornacinas) y en segundo, y más importante, porque es una fiesta para los sentidos. A lo largo de estos dos pasillos se suceden tiendas abiertas con pirámides multicolores de especias, tes e infusiones y delicias turcas de todo tipo, los famosos lokum, aparte de los sempiternos pastelitos baklavá, que ya son de consumo global en muchos países del este del Mediterráneo. Obvia decir que probamos pizquitas de todo, incluso de las especias y salimos hacia el muelle de Eminönou con las papilas gustativas revolucionadas.

Rustem Pasha Camii

Borrachera de majólica

Y tras el bullicio de los bazares y del barrio de las tiendas nos reconfortó visitar una de las joyas más escondidas y desconocidas de Estambul, la preciosa Mezquita de Rustem Pasha. Escondida porque no está a pie de calle y hay que llegar tras salvar unos pasadizos y un par de angostas escalinatas. Pero la maravilla que se abre tras los recodos es sobrecogedora. La mezquita, obra del omnipresente Sinan en memoria de un visir de Soliman, está totalmente cubierta de azulejos de majólica azul, en total más de 7000 azulejos de Iznik que forman uno de los mejores ejemplos del arte cerámico otomano, que parece emparentar aquí con las mezquitas turcomanas del Asia central. Después de la grandiosidad de Suleimaniye y de las gigantescas mezquitas del día anterior, nos encantó disfrutar del recogimiento y la belleza de Rustem Pasha Camii.

Muelle Eminonu, Puente Gálata y Yeni Camii

Tremendo bullicio en el muelle

Empezaba a azuzar el hambre, así que decidimos ir a comer a uno de los lugares más transitados de la ciudad, el Puente de Eminonou. Este puente, que salva el Cuerno de Oro, une el muelle homónimo con la colina de Gálata y soporta a tanta gente que parece que toda la ciudad esta pasando por aquí. Para llegar al tramo peatonal del puente pasamos por la puerta de la rotunda Mezquita nueva (Yeni Camii) y cruzamos un par de pasos subterráneos repletos de diminutos comercios. En este tramo de gruesos listones de madera se suceden los restaurantes de pescado que compiten por atraer tu atención para que te sientes en alguna de sus mesas.

Pescadores con el puente al fondo

Escogimos uno de ellos al azar ya que más o menos todos ofrecían lo mismo y nos dispusimos a comernos unos balik ekmek, unos bocadillos de pescado rebozado que son la especialidad local y que estaban realmente buenos. Pero aparte de degustar la comida, lo mejor fue estar sentados sobre el mismísimo Cuerno de Oro, deleitándonos con dos verdaderas postales a los extremos del puente: Las mezquitas recortadas y la silueta de Topkapi al sur y la Torre Gálata destacando en la colina de Beyoglu al norte. Uno de esos enclaves únicos en el mundo, verdaderamente. Y aparentemente ajenos a esa atmósfera única, en los bordes del puente se sucedían los pescadores de caña que, con mejor o peor fortuna, intentaban llevarse a casa la cena de esa noche.

Detrás de la Mezquita nueva, al final del muelle se encuentra la monumental estación de tren de Sirkeçi, de contundente estilo neogótico y que es famosa por ser el punto de llegada del mítico Orient Express.

Fener / Balat

Las coloridas casa de madera de Balat

Para esa tarde habíamos planeado una visita fuera del circuito clásico de monumentos de la ciudad e irnos a visitar los barrios de Fener y Balat. Están situados en la orilla sur del Cuerno, a un kilómetro más o menos de Emininou y lo primero que te sorprende es la cantidad de iglesias ortodoxas que hay, algunas de ellas muy bonitas. Leímos en la guía que este era el barrio tradicional de los griegos de Constantinopla, que se vieron forzados a emigrar a principios del siglo XX a causa de los conflictos greco turcos.

El barrio de Balat es un entramado de callejuelas adoquinadas de importantes pendientes cuyas casas de madera están siendo rehabilitadas y pintadas de vivos colores gracias a un plan con fondos de la Unión Europea. Ciertamente la zona está experimentando un gran cambio a mejor, a juzgar por las casas antiguas que aún no han sido restauradas, muchas veces casi en ruinas, y el barrio es muy bonito y pintoresco. Pero, ¡ay! esto tiene su parte negativa, ya que los instagramers y las influencers se agolpan en barahúnda en las dos callecitas de escalones pintados o de techos de paraguas para hacerse todos la misma foto. En fin…

Un café viendo la vida pasar

Paseamos un rato por las cuestas de Balat, sorteando a los pesados de las fotos y evitando las calles atestadas, para después cruzar al barrio limítrofe, el de Fener. Esta es una zona mucho más movida y bulliciosa ya que en sus calles se suceden antiguos talleres artesanos, librerías de lance, bares hípsters de decoraciones alternativas y pequeños y modernos cafés de especialidad (una plaga mundial, parece). Decidimos sentarnos un buen rato en la minúscula terraza de uno de ellos para contemplar la vida del barrio mientras nos tomábamos un potente café (turco, claro) bien especiado y un té de manzana un poco más refinado que el típico te rojo que te sirven en cualquier bar de la ciudad.

Dia 3. NAVEGANDO EL BÓSFORO, Y EL NORTE DEL CUERNO

Paseo por el Bósforo

Disfrutando del sol del Bósforo

La mañana del tercer día la reservamos para dar un paseíto por el Bósforo. En Estambul hay miles de barcos que navegan por este estrecho, desde los más pequeñitos hasta los grandes y lujosos con comida a bordo o los propios barcos de línea que funcionan muy bien para ir subiendo y bajando. Nosotros escogimos uno modestito que navegaba hasta la Fortaleza de Rumeli y vuelta, y que bordeaba la mayoría de los puntos de interés. Con este trayecto nos hicimos una idea bastante buena de la importancia que ha tenido este estrecho desde tiempos inmemoriales y pudimos disfrutar de un buen paseo junto a palacios, lujosas villas algo decadentes, mezquitas y estadios de fútbol (el del Besiktas es de los únicos del mundo al que se puede llegar en barca).

Palacio Dolmabahçe y Palacio Baylerbeyi

El esplendor de los últimos sultanes

De los palacios que se suceden a lo largo de las orillas del Bósforo destacan,(y se pueden visitar) estos dos:

El gigantesco y ostentoso Palacio Dolmabahçe fue la residencia principal de los sultanes otomanos, a partir de que a mediados del siglo XIX lo construyera el sultán Abdulmecid I y sustituyera al de Topkapi, hasta la proclamación de la república en 1922. Este gigantesco edificio alberga suntuosas habitaciones, salones, y hammams construidos mezclando estilos rococó y neoclásico, y curiosamente, aunque Ataturk se llevara el gobierno de la joven república a Ankara, fue su residencia hasta su muerte.

En la orilla opuesta, el Palacio de Baylerbeyi parece una copia a escala menor. Es mucho más funcional, menos lujoso en su decoración y albergó sobre todo a embajadores y delegaciones extranjeras, pero bien vale una vista, también.

Mezquita de Ortakoy y Puente del Bósforo

La mezquita de Ortakoy se asoma al mar

Un poco más al norte por la orilla europea llegamos a dos construcciones que contrastan por sus estilos totalmente opuestos pero que, en nuestra opinión, armonizan de una manera peculiar. Por un lado la pequeña y elegante Mezquita Ortakoy, contemporánea del palacio Dolmabahce, está construida al borde del mar y con sus altos ventanales constituye una de las fotos icónicas de la ciudad. Sobre ella se extiende el gigantesco Puente del Bósforo (Boğaziçi Köprüsü), Un puente colgante de más de 1,5 Km inaugurado en los años 70 y que fue el primero que se tendió entre Europa y Asia y el único en quince años que salvaba el estrecho (en la actualidad hay otros dos más en la ciudad).

Fortaleza de Rumeli

La Fortaleza de Rumeli (Rumelihisarı) se situa en la orilla europea, justo antes de que el Bósforo se abra al Mar Negro. Construída en 1452, tenía una hermana en la orilla opuesta (Anadoluhisari) y juntas conformaban una eficaz barrera defensiva de la ciudad. Rumeli es visitable, pero nosotros no pudimos hacerlo por estar restaurándose. Lástima porque leímos que las vistas sobre el Bósforo son espectaculares.

Kiz Kulesi

Kiz Kulesi o la Torre de la Doncella, símbolo de la ciudad

De vuelta al muelle, el barco pasó muy cerca de la Torre de la Doncella, Kiz Kulesi, para que disfrutáramos de una buena panorámica de esta esbelta torre, que es un verdadero símbolo de la ciudad. Esta torre ha tenido, a lo largo de su historia diversas funciones (faro, torre de defensa, aduana…) y se puede visitar con un pequeño ferry especial que sale del muelle de Uskudar, a 200 metros en la parte asiática. Aunque nosotros no lo hicimos porque consideramos que se veía más bonita desde el mar que desde la propia islita.

Barrio Kabatas y Torre Galata

Bullicio alrededor de la torre

Desembarcamos en el muelle de Eminonou y cruzamos el Puente para empezar el recorrido que habíamos previsto para la tarde: los barrios del norte del Cuerno. Empezamos por el principio, la celebérrima Torre Gálata, otro de los highlights potentes de la ciudad. Para llegar a ella cruzamos el barrio de Kabatas (sin más) y subimos las escaleras Kamondo, un lugar bastante curioso y fotogénico. Y tras callejear un rato, nos dimos de bruces con la solemne Torre Gálata. Con la torre y con los miles de turistas que rodean el monumento ya que por lo visto, todos los que no nos habíamos encontrado últimamente estaban aquí. La Torre Gálata es una edificación genovesa del S XIV que formaba parte del sistema defensivo de la ciudad, e impresiona encontrarse su esbelta mole de 65 metros en medio de un bario de callejuelas tan estrechas. La inmensa cola y el precio de la entrada (30 euros al cambio) nos disuadieron de subir a su mirador, pero aún así valió la pena llegar hasta aquí.

Barrio Galata y Barrio Çukur Kuma

Callejuela pintoresca en Çukur Kuma

Y si en parte valió la pena subir hasta la torre fue por visitar el barrio de Gálata, el área que se extiende al este de la Torre hasta el Bósforo. Sus callejuelas adoquinadas, a menudo de pendientes importantes, están repletas de galerías de arte, cafés cuquis e interesantes tiendas de música y librerías. Pero lo que más interesante nos pareció fueron los regios edificios nobles de estilo europeo y los palacios otomanos que nos fuimos encontrando.

El paseo lo continuamos por el aledaño Barrio Çukur Kuma, que respira una fuerte personalidad. Es parecido al anterior pero de edificios más coloridos y de tabernas singulares muy agradables y de decoraciones imposibles. No dejamos pasar la ocasión de tomarnos unas cervecitas en una de ellas que nos resultó bastante curiosa: según nos contaron, tienen la colección de figuritas de tortugas con más piezas del mundo. O así lo publicitan al menos.

Ishtikal Kadesi y Plaza Taksim

Parroquianos a la fresca en un callejón

Antes de desembocar en la famosa avenida Ishtikal nos dimos una vuelta por el barrio de las embajadas, de regios palacios y hoteles del siglo XIX. Nos gustó bastante esta zona, y menos mal, porque a continuación nos llevamos un chasco bastante gordo. Habíamos oído hablar mucho de la avenida Ishtikal, via principal de la ciudad, bohemia y juerguista, y lo que nos encontramos fue una calle aburrida y rutinaria, con las mismas tiendas de cadenas multinacionales y de restauración que se pueden encontrar en cualquier avenida de cualquier ciudad europea. Qué pena. Sin embargo, en los callejones adyacentes aún se pueden encontrar algunos cafés de toda la vida donde se reúnen los vecinos.

El tranvía tradicional a su paso por Taksim

Lo que sí que nos gustó mucho fue la Plaza Taksim. ¿Habéis tenido alguna vez esa sensación de estar en un lugar singular, en un lugar en donde han sucedido cosas importantes? Pues eso es lo que sentimos en esta plaza. En Taksim es donde todo sucede (manifestaciones, desfiles, festivales, celebraciones desaforadas de alguno de los tres principales equipos de fútbol de la ciudad) y a diario la plaza es un lugar muy bullicioso por ser un importante nudo de transportes, estar rodeado de bares y locales de restauración (estos sí, tradicionales de la ciudad) y de pequeños hotelitos y pensiones. Además, un antiguo tranvía de madera roja, medio turístico medio urbano, enlaza la plaza con el muelle de Eminonou y es en sí una atracción. Y tras pasear un rato por el lugar, bajamos al cercano muelle de Besitkas donde un tranvía, este ya moderno, nos devolvió directos a Sultanahmet.

Dia 4. LO QUE NOS FALTABA POR VER

Kuçuk Aya Sofia

Recuerda a su hermana mayor

Nos quedaba medio día antes de tomar el avión hacia nuestro siguiente destino y lo aprovechamos para hacer algunas visitas alrededor del hotel, empezando por la Pequeña Ayasofía. Nos encantó esta antigua basílica de planta octogonal de estilo bizantino situada muy cerquita del Mármara. Construida por el Emperador Justiniano (sí, el Apóstata) en el siglo VI y dedicada a la advocación de los santos Sergio y Baco, (muy populares en el próximo oriente) se dice que sirvió de modelo para construir Santa Sofía un siglo más tarde. Hoy es una mezquita y, aunque no alcanza la solemnidad monumental de su hermana mayor, es mucho menos concurrida y pudimos disfrutar de un ambiente de tranquilo recogimiento. También aprendimos que el complejo sirve actualmente para acoger refugiados de Siria o Afganistán.

Serefiye Sarniçi

Mapping Hortera

Una de cal y una de arena. Todo el entusiasmo que nos había proporcionado la visita a Kuçuk Ayasofia se vino abajo en lo que visitamos a continuación. Pensando que sería un lugar como las cisternas Yerebatán pero en pequeño, nos encaminamos hacia la cisterna Serefye (cisterna de Teodosio), otra muestra del sistema romano de canalización de aguas muy cerquita del hotel. Ya el precio nos pareció un tanto excesivo (18€) pero anunciaban la visita con una experiencia 3D. Y en sí el lugar es curioso, una pequeña cisterna columnada, pero el horror llegó con el espectáculo prometido que resultó ser un mapping hortera, según decían sobre la historia de Turquía. ¡Qué manía tienen con las experiencias inmersivas! Parece que piensen que no somos capaces de apreciar los lugares por sí solos.

Pequeño Bazar Arasta

No os confundáis: los gatos NO son souvenirs

Y Para acabar la mañana, el día y nuestra magnífica estancia en Estambul fuimos a dar un paseíto por el Pequeño bazar Arasta. Se trata de una calle peatonal en la falda de la colina donde se alza la Mezquita Azul que alberga tiendecitas de alfombras, de artesanía, de bordados, de tapices… construido en la misma época de la mezquita para generar ingresos destinados a su mantenimiento, es mucho más tranquilo que el Gran Bazar. Lejos del bullicio y el caos de éste, supuso un sitio perfecto para acabar de comprar las tonterías que queríamos llevarnos de recuerdo y para dar un paseo agradable. Además, a su alrededor hay varios lugares donde comer o donde simplemente tomar un té o una cervecita, que es lo que hicimos mientras esperábamos la hora de dirigirnos al aeropuerto.

Esta es la tercera vez que viajamos a esta apasionante ciudad, sin duda una de las más intensas, apasionantes, diversas y divertidas que hemos visitado. Y tenemos muy claro que si algún día volvemos (en absoluto lo descartamos), intentaremos evitar las hordas de turistas que, nos tememos, arrasarán con el centro histórico y nos dedicaremos a pasear por los barrios y disfrutar de un café o una cervecita en alguna terraza, o visitaremos alguna de los centenares de pequeñas mezquitas que aún nos quedan por ver. Ah, y el Museo Arqueológico, que nos quedó pendiente.

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