Road trip por Eslovenia

Hemos viajado en: Agosto de 2019

Hemos estado: 8 días

Hemos ido con: Tourist Forum

Hemos visitado:

  • Piran
  • Ljubliana
  • Ptuj
  • Maribor
  • El lago Bled
  • Venecia

Eslovenia es un país relativamente pequeño (20.000 Km2, un poco menor que Galicia) y, como tal, fácilmente abarcable en un viaje corto en coche. Pero que su pequeña extensión no os engañe: es uno de los países más variopintos de Europa en cuanto a paisajes, ciudades y estilos vacacionales. Así, se puede escoger entre las playas adriáticas de su diminuta franja costera (46 Km), ciudades con historia, trekings por densos bosques o de alta montaña por los Alpes julianos, o rutas gastronómicas y enológicas por sus estupendos viñedos.

Eslovenia es un país joven. Ganó su independencia de Serbia en 1991, tras una corta guerra de 10 días. Pese a su pasado unido a las repúblicas balcánicas desde la primera guerra mundial, el país denota una clara herencia veneciana en la costa y una tradición centroeuropea en sus ciudades interiores, mientras que las montañas son una extensión de los Alpes.

Dada la pequeña extensión de Eslovenia decidimos visitarla en coche, alquilado en nuestro punto de llegada, el aeropuerto de Venecia. Este fue nuestro Road Trip de 8 días por el país.

Piran

La Plaza Tartini, con la estatua del músico local.

Nuestra primera parada fue la pintoresca ciudad de Piran, en la región de Istria. Dista 200 Km del aeropuerto Marco Polo, un cómodo trayecto en coche. A la entrada de la ciudad había un gran parking público con capacidad suficiente para albergar a todos los vehículos de los visitantes y donde aparvamos el nuestro. Resultó ser una sabia decisión ya que Pirán no permite el tráfico rodado a los no residentes.

Piran es una pequeña y encantadora ciudad de pasado veneciano (no en vano perteneció a esta república varios siglos), herencia que atestiguan las fachadas de sus casas antiguas o sus campaniles, incluso muchos de sus habitantes hablan italiano aún hoy en día. Nosotros estuvimos dos noches alojados en el señorial Hotel Piran, que domina solemnemente el puerto y la bahía.

La vida del turista en Piran es relajada. No hay demasiadas cosas que hacer salvo vagar por el paseo marítimo que rodea la ciudad, viendo como los lugareños toman el sol en sillas plegables que sacan delante de sus casas (o tomarlo tú en sus diminutas playas), caminar por sus estrechas callejuelas admirando las fachadas de las casas venecianas, o sentarse en una terraza de la imponente Tartinijev Trg, la Plaza Tartini, a ver la vida pasar mientras te tomas unas cervezas. Se trata de la plaza principal de la ciudad, de curiosa forma ya que es terreno ganado a una antigua bahía que se adentraba en el casco urbano.

Explanada ante el campanario de St Giorgio

Para el segundo día ya hicimos visitas más formales. Empezamos por una excursión hasta la iglesia de St Giorgio, que domina la ciudad desde una colina. Partimos de la plaza Tartini y remontamos una callejuela que serpentea colina arriba. Se trata de una iglesia barroca finalizada en 1614 y construida en el lugar donde se levantaba una antigua capilla románica. Se puede subir al campanile por una angosta escalera hasta la galería de las campanas, desde donde se puede disfrutar de una espectacular vista sobre la ciudad y de toda la bahía de Trieste. Para los que no se atrevieron a subir al campanario, también hay muy buenas vistas desde la extensión de césped de delante de la iglesia, que cubre lo que fue en su día el cementerio.

La ciudad desde las murallas

Como nos sentíamos con fuerzas para seguir subiendo colinas, a continuación trepamos a la que alberga las Murallas de la ciudad. Es una colina aún más alta que la anterior, y hay que bajar a la plaza Tartini antes de ascenderla. Su construcción data del S XVI y se conserva un tramo de unos 200 metros, cuidadosamente restaurado. Recorrimos sus pasadizos y torres que se conectaban a varios niveles a través de empinadas escaleras. Si la vista desde el campanario era espléndida, esta la superaba. Desde aquí dominamos toda la ciudad antigua, pudiendo ver el intrincado dibujo de sus callejuelas y toda la bahía de Trieste y el Golfo de Piran al otro lado.

Nos pareció que no era mala idea acabar la tarde viendo anochecer desde la terraza de un hotel, así que nos tomamos unos cócteles en la del Hotel Piran viendo ponerse el sol en la Bahía.

Cueva de Postojna

El castillo de Prejdama

A la mañana siguiente sacamos el coche del parking y nos encaminamos hacia Ljubliana. Eslovenia es un país de buenas carreteras y posee autopistas que conectan los principales puntos del país. En este caso, a los pocos kilómetros desde Piran ya encuentras la que te lleva directo a la capital del país en un trayecto de poco más de una hora.

50 Km antes de llegar a Ljubliana está el desvío hacia las famosas Cuevas de Postojna, que bien valen un alto en la ruta. Se trata de un gigantesco entramado de galerías, túneles y corredores de los cuales 5 Km están abiertos al público (un 20 % del total). A la entrada de la cueva se puede visitar también el Castillo de Predjama, una fortaleza encastada en la roca que data del siglo XIV.

Ljubliana

El puente triple y la plaza Preseren

El trayecto desde Piran hasta la capital Ljubliana es de una hora y media aproximadamente (unos 130 Km). Nosotros llegamos al hotel a media mañana e inmediatamente salimos a recorrer la ciudad ya que íbamos a estar únicamente un día. El casco antiguo de Ljubliana se articula alrededor del río Ljublanica, que lo recorre de sur a norte y que nos sirvió de práctica referencia de orientación. En su parte central encontramos el curioso y fotogénico puente triple de Tromostovje, que conecta la Plaza Preseren con la ribera antigua. La plaza y el puente son el centro neurálgico de la ciudad, un lugar bullicioso y de reunión de locales y visitantes. Continuando por la calle donde desemboca el puente, llegamos a la pintoresca Mestni Trg y a la fuente barroca de Robba, delante del Ayuntamiento. Esta plaza es el centro de la ciudad antigua y punto de partida de las rutas por el casco viejo antes de subir a la visita obligada del Castillo.

Nosotros decidimos dirigirnos hacia la plaza del mercado, no sin antes admirar la imponente Catedral de San Nicolás del S XVIII, y sus impresionantes puertas talladas en bronce. Unos metros más allá de la catedral se extiende el Mercado Central de la ciudad, una gran plaza al aire libre con puestos de artesanía, flores y alimentos artesanales y numerosos restaurantes y terrazas.

Un dragón amenazante

Tras curiosear por los puestecillos del mercado nos dirigimos de nuevo al río desde la parte oeste de la plaza llegando a un curioso puente. Se trataba del Zmajski Most o Puente de los Dragones, un viaducto de estilo modernista levantado en el año 1900, flanqueado por cuatro amenazadores dragones de bronce, que se han convertido en el símbolo de la ciudad y que guarda una historia legendaria: se dice que cuando una mujer virgen cruza el puente, ¡los dragones agitan la cola! Estuvimos un buen rato y no vimos a ninguno de los míticos animales moverse ni un centímetro.

El patio del castillo de Ljubliana

Una vez hubimos cogido fuerzas tras un almuerzo en una terracita, decidimos subir al Castillo de Ljubliana. Se trata de una fortificación empezada a construir en el siglo XI y finalizada en estilo barroco entre los S XVI y XVII, y encaramada en la cima de la colina que domina la ciudad y toda la región. Al castillo se puede subir de dos maneras: tomando el teleférico que parte del lado sur de la Plaza del Mercado o subiendo a pie. Hay un camino que sube desde cerca de la salida del ferrocarril, en Streliska Ul, pero nosotros decidimos hacer caso de la guía que nos recomendaba ascender por la otra ruta, a la que llegas después de recorrer las pintorescas Mestni Trg y Gornji Trg, con sus casas medievales y sus bonitos cafés.

Desde Gornji Trg hasta la puerta del Castillo hay unos 15 minutos de subida no demasiado exigente. Resultó un paseo muy agradable entre densos bosques y callejuelas flanqueadas por muros de piedra que nos llevó hasta el pie de las murallas. Ahí, el camino se bifurca y rodea el recinto: la entrada está hacia la derecha pero por la izquierda rodeamos la muralla pasando por rincones realmente interesantes.

El castillo es un enorme recinto de murallas, torres, pabellones y patios que bien puede llevarte toda una tarde recorrer. Nosotros decidimos visitar la torre panorámica, en la esquina sudoeste, que ofrecía lo que su nombre promete: unas vistas espléndidas sobre la ciudad y sus alrededores hasta las montañas.

Terrazas en la orilla del río

Bajamos del castillo cuando ya era media tarde y decidimos pasear por la ribera del Ljublianica visitando sus puentes (El Puente de los Carniceros, con la antigua lonja detrás es un bullicioso lugar donde es habitual ver actuaciones de músicos aficionados) y más tarde sentarnos en una bonita terraza en la orilla derecha a tomar unas cervezas y ver la vida pasar, que es un deporte muy practicado por los locales. Escogimos una que nos gustaba, la terraza del Slovenska Hisa (la Casa Eslovena) que más tarde nos enteramos de que era el local de restauración más valorado en las apps de bares y restaurantes. Qué cosas.

Ptuj

El casco antiguo de Ptuj desde el castillo

El destino del día siguiente era Maribor, distante 130 Km de la capital, pero decidimos desviarnos antes hacia Ptuj (ojo, se pronuncia tui, no como el sonido de una gárgara), una encantadora ciudad medieval, la más antigua del país según dicen, que se extiende entre la orilla del río Drava y la colina que corona el Castillo del siglo XII.

Dejamos el coche en el parking público que encontramos antes de cruzar el río y nos topamos casi por casualidad con una perspectiva muy fotogénica del casco antiguo desde el puente que lo cruza. El puente desembocaba en una calle que nos llevó directamente a la calle principal, Presernova Ulica. Una vez ahí optamos por subir al castillo haciendo un agradable paseíto de unos diez minutos.

El castillo de Ptuj es una sobria edificación del Siglo XII que, a diferencia del castillo de Ljubliana, está prácticamente vacío exceptuando un bar y un restaurante. Eso sí, las vistas sobre la ciudad y la región nos parecieron bastante espectaculares. Fue interesante también visitar el centro turístico que se encuentra en el castillo, ya que pudimos descubrir los detalles del peculiar carnaval local: hay una exposición de los trajes de los Kurent, con sus pieles de oveja y sus tradicionales cencerros, y una descripción de la curiosa fiesta que montan.

Campanario de la catedral

Bajamos al centro de la ciudad para llegar a la Slovenski Trg, la plaza donde se encuentra la Catedral de San Jorge. Vale la pena pasear por la placita y enterarse de la curiosa leyenda del campanario: ¡sólo tiene tres relojes! La fachada que mira al castillo carece de él ya que cuenta la leyenda que el señor local que moraba en el castillo se negó a poner dinero para su construcción y los ciudadanos le castigaron sin reloj.

La zona que se extiende desde la plaza de la catedral hasta el río es un entramado de bonitas callejuelas por las que pasear, curiosear en las tiendas o tomar una cerveza o un café en sus cuidadas terrazas.

Maribor

Al mediodía nos encaminamos hacia Maribor. Un corto trayecto de 25 Km nos dejó en la segunda ciudad más grande del país. Se trata de una población de herencia austrohúngara, que se asemeja mucho más a las ciudades húngaras o checas que a las yugoslavas (la frontera con Hungría dista 50 Km) y que cuenta con una gran cultura vitivinícola de la que se enorgullecen sus habitantes.

Torres y vinaterías

La ciudad antigua se extiende en la parte norte del río Drava. El paseo de la orilla norte discurre entre torres de defensa, edificaciones barrocas y vinaterías, entre las que destaca Antigua Casa del Vino, ya que posee la que dicen que es la vid más antigua del mundo, de 450 años de antigüedad. Nosotros hicimos un tour por su pequeño museo y, por supuesto, una cata de sus refrescantes vinos blancos y algún joven tinto que otro en su encantadora terraza. Nos quedamos con los nombres de dos variedades locales más que interesantes: la Zametovka y la Modra kavcina.

Varias callejuelas estrechas que albergan restaurantes típicos (tomamos nota del que más nos gustaba para la cena) comunican la orilla del río con la plaza central y con la Catedral de San Juan, una típica iglesia centroeuropea que data del S XIII. Más allá se encuentra el imponente Castillo de Maribor, que resultó más un palacio que un castillo como los que visitamos en las anteriores ciudades.

Uno de los lagos del parque

Para acabar la visita a la ciudad, nos adentramos en el impresionante Parque de la ciudad, de 5 hectáreas de amplitud y que se articula alrededor de sus dos grandes lagos. Es un sitio perfecto para pasear y relajarse en sus orillas viendo nadar a patos y cisnes. Y la subida a la colina llamada Pirámida, con un palacete en su cima, valió mucho la pena. Son 380 metros, pero las vistas sobre el parque y la ciudad resultaron impresionantes.

Lago Bled

Nuestra siguiente etapa fue el Lago Bled. Distante 170 Km de Maribor y 50 de Ljubliana, se trata de un destino vacacional por excelencia de muchos eslovenos. Atrae turismo familiar y deportivo (es un importante centro de piragüismo, deporte en el cual los eslovenos son grandes aficionados). La carretera principal, que viene desde la capital, lleva hasta la orilla oeste que es donde se concentran la mayoría de hoteles, más o menos lujosos, apartamentos, restaurantes, centros comerciales y pubs. Nosotros escogimos el Hotel Lovec, a pocos metros del lago y que cuenta con una excelente zona de aguas, para pasar un par de noches.

En los dos días completos que pasamos en el lago nos contagiamos gustosamente de la vida calma y relajada con la que el lugar nos tentaba. El primer día decidimos circunvalar el lago a pie. Eran unos 6 Km siguiendo una carreterita que atravesaba bosques y campos.

El castillo de Bled

Lo primero que encontramos tras dejar atrás el muelle que contaba con una amplia zona de restauración (y con el consabido corazón de flores que provocaba grandes colas de instagramers) fue el imponente Castillo de Bled. Encaramado a un acantilado de más de 100 metros, es un conjunto de patios, murallas, torres y edificaciones que cuentan con unas espectaculares vistas sobre el lago y las montañas alpinas. Contaba también con un par de interesantes museos de armaduras y armamento, cafeterías y tiendas de recuerdos. Se puede subir en coche, pero nosotros escogimos una de las sendas para subir a pie al recinto. Resultaron unos 15 minutos de ascensión no muy pronunciada.

Bajando del castillo por los caminos paralelos a la carretera que discurrían entre densos bosques, llegamos enseguida al Centro de Regatas de Bled. Se trata de un centro deportivo para practicantes del piragüismo (deporte muy practicado en la región), pero también hay una zona donde se puede tomar el sol y unos cuantos bares con terrazas que se asoman al lago. Nos fijamos en una curiosidad: en el suelo descubrimos unas placas de metal con los nombres de los medallistas eslovenos y las olimpiadas en las que consiguieron sus triunfos.

Una de las «playas» del lago

Avanzando un poco más por la carreterita, dejamos atrás una playa (que fichamos para volver al día siguiente con los bañadores) y nos encontramos con una imponente escalinata que conducía al señorial Hotel Villa Bled, instalado en lo que fuera la impresionante residencia de verano del Mariscal Tito. Aunque no nos alojamos en ese lugar por razones obvias, nos tomamos un café en una de sus terrazas y dimos una vuelta por su gigantesca finca boscosa, contemplamos el pabellón de caza hoy reconvertido en restaurante, y nos impresionamos al pensar en el poder que llegó a ostentar el antiguo mandatario comunista.

La icónica isla de Bled

A estas alturas ya habíamos reparado en la islita que existe en el centro del lago y que alberga una iglesia y un par de construcciones más. Y vimos multitud de barcazas que los remeros impulsaban con largas pértigas (en el lago no se autorizan las embarcaciones a motor) que iban y venían de los embarcaderos. Por supuesto que allá nos dirigimos para tomar una de ellas y plantarnos en la isla. La barcaza nos dejó a los pies de una regia escalinata que llevaba hasta la plaza de la iglesia. En la islita hay muy pocas cosas aparte de la iglesia del S XV dedicada a Santa María (un cementerio, una biblioteca de temas religiosos y una cafetería), pero resulta encantador pasear por sus caminitos y sentarse en las piedras del muelle para disfrutar de la calma y de las vistas de las riberas del lago. Y aprendimos una curiosidad de esta icónica isla que es un símbolo nacional: Los eslovenos se jactan de tener más islas (una) que otros países como Austria, Suiza o Chequia que no tienen ninguna.

Subiendo hacia el mirador de Mala Osjonica

El día siguiente fue más relajado si cabe. El tiempo discurrió mientras paseábamos hasta un pueblo vecino entre campos de manzanos, descansábamos y nos bañábamos en la playa que habíamos descubierto el día anterior, subíamos al mirador de Mala Osjonica por el Mala Osjonica Trail (bueno, esto resultó un poco más exigente ya que fueron 150 m de desnivel, pero las vistas sobre la Isla de Bled valieron la pena) y nos dimos un homenaje en forma de gastronomía local en el restaurante Soba Bled sentados a una mesa en una encantadora terraza con vistas al lago.

Venecia

Desde il Ponte de Rialto

Y con la vuelta de Bled a Venecia, un trayecto de unas tres horas, nuestro road trip por Eslovenia finalizaba. Tocaba volver a casa. Pero aprovechando que nuestro vuelo de vuelta partía del aeropuerto Marco Polo, reservamos una noche en un hotelito del Mestre muy cercano al aeropuerto y pasamos un estupendo día paseando sin rumbo fijo por La Serenissima. Pero eso será ya objeto de una nueva entrada que publicaremos próximamente.

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